El Adiós 1. El enfrentamiento.


Es tan difícil, tan triste, tan duro… que hemos aprendido a negarlo, a ignorarlo y darle la vuelta.

Nuestra cultura y nuestra superstición, dicen que «echamos la sal» o la «atraemos» cuando la mencionamos. La convertimos en un castigo, en una forma de cobro por nuestros malos actos. La convertimos en un ente, en un ser.

La muerte, la pérdida de alguien, su partida, es asumida por nosotros con toda la negatividad posible, como si fuera algo más que un proceso natural de todos los organismos.

Para cualquiera que ha sufrido la pérdida de un familiar o una mascota, el evento mismo es una marca. Es un día diferente y es un recuerdo permanente, es una huella con la que nos quedamos el resto de la vida.

No existen palabras mágicas para sobrellevarlo, para aceptarlo sin dolor o para no sufrir. De hecho, si lo hubiera, si tuviéramos ese hechizo en nuestras manos, no lo divulgaríamos, pues sabemos que el dolor por esa pérdida es un proceso necesario, es una forma de limpieza importante que ayudará a que recuperemos la razón completamente y entonces sí, podamos discernir hacia el siguiente paso.

Es un tema amplio, para el cual queremos tomarnos el tiempo necesario. Es por ello que lo hemos divido en varias partes en las que además, queremos enfáticamente tu participación.

Empezamos con El Enfrentamiento. ¿Cómo enfrentamos el hecho? ¿Cómo abordamos siquiera el tema? ¿Cuándo? ¿Al menos lo hacemos?

Para empezar debemos asentar algo con lo que las personas que no estén de acuerdo podrán darse cuenta del camino que seguirá, y con ello pueden decidir continuar con este tema o no:

Una mascota es un miembro de nuestra familia. El  valor que le damos a su presencia y, por tanto, a su muerte, es de decisión puramente personal y puede equipararse al valor de un miembro humano. Comparamos el amor que nos dan con cualquier otra forma de amor en el planeta y es válido si para alguien esta pérdida es similar a la de un hermano, padre o madre.

Dicho lo anterior, debemos empezar por afrontar que nuestro miedo nos empuja comúnmente a un error de desinformación. Es decir, como nunca queremos hablar de cuando nuestro amigo se vaya, con mucha regularidad no estamos listos para actuar en el momento.

La mascota, si bien forma parte de la familia a niveles similares para todos los miembros, está por lo general más apegada a uno o dos miembros de la familia humana. Esa persona es la que sabemos que atiende más rápidamente sus necesidades, la que se preocupa más y a la vez, la que disfruta más de su compañía. Entonces pues, hay que estar conscientes que esa persona es también la que más sufrirá.

Cuando se trata de nosotros mismos, podemos prepararnos con algo muy sencillo: ayuda.

El momento de decir adiós llegará, y será un momento muy difícil de entender. Más aún, será el peor momento para razonar y por tanto, vamos a necesitar la ayuda de la o las personas en quienes más confiemos.

Hay que pensar lo que queremos hacer cuando suceda y platicarlo con esa persona de confianza. Es decir: «Cuando muera mi amigo, yo voy a estar demasiado triste para pensar, necesito que te hagas cargo de lo siguiente por mí».

Tenemos que decidir si va a ser incinerada o enterrada. Si esto se hará en algún lugar conocido o queremos ignorar el lugar en donde quedará (es inusual, pero válido para algunas personas). Debemos pensar el procedimiento que llevaremos a este respecto y más aún, cómo.

Desde nuestro punto de vista, con las experiencias que toda la comunidad Mascota nos ha platicado, lo más recomendable es no ignorar el asunto ni hacerlo pasar como mínimo.

Uno de los errores más comunes y más dolorosos que puede cometer la gente alrededor de nosotros cuando perdemos a una mascota es decirnos: «Era SÓLO un perro (gato-tortuga-hámster-pez)»

Esa añadidura «sólo», implica que desvaloramos la existencia de ese ser, que le damos un peso menor y que el afectado, el adolorido, está cometiendo un error. Nada más terrible. Eso solamente genera un enfrentamiento, un enojo y un coraje. Hace que aquella persona que se siente triste, se vea además, poco apoyada, poco comprendida, y por ende, aún más sola.

Una muerte es una pérdida, como las muchas pérdidas que sufrimos en la vida, pero a esta se le añade un carácter de irrevocable e irreversible, lo que puede hacer más duro aceptarlo.

En ese momento estamos sufriendo de un vacío emocional, del abandono de un parte de nuestra vida. En ese momento sentimos un golpe de «soledad». Por eso la persona en la que más confíes, debe saber que llegado el momento no necesitas que te hagan el dolor más «llevadero» haciéndote ver que «no es para tanto».

Ese hombro, ese oído, ese brazo en el que nos recargaremos, puede no amar tanto a nuestra mascota, pero debe amarnos a nosotros, respetarnos y conocernos lo suficiente para mantenerse de pie mientras nosotros no podemos ni levantarnos.

Desde luego si esa persona también sufre la pérdida, tiene todo el permiso de llorar y sentirse triste, lo que además puede ser muy benéfico y útil en términos de comprensión. Eso hace Empatía, o sea, hace que dos personas puedan estar cerca de «sentir lo mismo», aunque no se logre al 100%.

Tenemos que enfrentar la muerte cuando esta no ha llegado, aún mejor, cuando ni siquiera está cerca. Hablar de lo que queremos que se haga cuando nuestra mascota está perfectamente sana, no «atraerá» la muerte ni «echará la sal». Al contrario, es una forma responsable de amar a nuestro mejor amigo, porque no estamos arriesgando que nuestra tristeza afectará nuestros pasos.

Sabemos constantemente de terribles casos en los que una mascota amada por su familia durante años, termina en una bolsa negra de basura porque quienes más la amaron no tuvieron la entereza en el momento para definir lo que se quería hacer y alguien más tomó decisiones equivocadas.

Si no lo quieres hablar aún, una buena idea es que hagas algo así como un «testamento». Redacta en alguna hoja lo que quieres que se haga, los teléfonos de tu veterinario de confianza y el servicio funerario que decidas, así como las cosas que quieres que se vayan con tu mascota como su cobija favorita, su juguete o una foto tuya. (esto último especialmente para los casos de entierro, pues en la incineración no deben ir objetos extra)

Recuerda que debes conocer los reglamentos civiles al respecto, porque tampoco puedes enterrar a tu amigo bajo su árbol preferido si este está en parque público.

Enfrentar una futura despedida no te hace negativo, te hace un dueño aún más amoroso, que prepara lo que puede suceder, porque sabes que lo amarás aún después de haberse ido.

Seguimos platicando en la siguiente entrega.

Canelo. La fidelidad no caduca.


Los mitos, a veces, en nuestro mundo animal, son historias que hablan de seres que antes llamábamos irracionales, pero que con el tiempo hemos comprobado que son increíblemente sensibles y por tanto, para nosotros los ignorantes, siguen siendo un misterio.

Cuando yo era pequeño recuerdo que algunas canciones folclóricas hablaban de animales geniales, tan fieles que resultaban difíciles de creer. Recuerdo especialmente al caballo blanco de José Alfredo y a un perro muy fiel, que esperó hasta morir, acostado junto a la tumba de su dueño.

La mayoría de la gente tomaba esas historias como cuentos románticos, pero mi padre, ese primer y gran mentor del amor animal en mi vida, decía que eran completamente reales.

Yo siempre me sostuve de esos cuentos.

Hoy platicamos la verdadera historia de uno de esos mitos, quizá para algunos aún desconocida.

En la antiquísima ciudad de Cádiz, en España, existía un hombre pobre que tenía por amigo a un perro flaco, un mestizo llamado Canelo. El hombre, ciudadano poco conocido y sin fama alguna, enfermó un día y en el hospital le dijeron que debía hacerse un proceso lento y diario: debía hacerse diálisis.

Desde ese día, caminaba cada mañana junto a Canelo hasta el hospital, y cuando llegaba a la puerta le decía a su amigo: «Espérame aquí Chaval». Este procedimiento de limpieza orgánica, le llevaba algunas horas y le dejaba agotado, pero al salir, el fiel Canelo lo esperaba para acompañarlo a paso lento de regreso a casa. Esa era quizá la razón de su fuerza.

Pero un día de diálisis, uno como cualquier otro de los cientos que llevaba repitiendo la rutina, el hombre ya no salió. Estando en el hospital se complicó su salud, debió se internado en terapia intensiva y cuidado permanentemente, durante varias semanas.

Canelo sólo recordaba sus últimas palabras: Espérame aquí, chaval. Y lo esperó.

Al cabo de unas semanas el cuerpo de su dueño no pudo más… y murió.

No hubo persona alguna que quisiera o pudiera explicarle a Canelo la situación. O quizá este no quiso entender.

Día y noche Canelo esperaba a la puerta del hospital en Cádiz, alimentado por enfermeras y doctores para quienes ya era un perro familiar, casi un amigo.

A veces estiraba las piernas y paseaba un poco por la cuadra, pero siempre volteaba a la puerta para no perder la salida de su amo.

Poco a poco fue haciéndose de una casa, cartones y maderas que le fueron confeccionando los mismos personajes que a diario lo veían.

Y Canelo siguió esperando.

Pasaron DOCE AÑOS. Doce años más viejo, Canelo esperaba la salida del hombre al que sin duda, amó.

Lo hicieron miembro honorario del hospital, lo defendieron de la perrera municipal, lo vacunaron y desparasitaron.

Un día, el experimentado Canelo murió atropellado. Con doce años al borde de la calle, nadie se creyó que Canelo muriera por accidente, más parecía haber intentado una nueva estrategia, quizá ir a buscar a otro mundo a su amigo que tardó doce años en salir.

Hoy la imagen de Canelo es de bronce, puesta sobre una placa en el lugar donde tanto tiempo vivió, en la calle que sí, hoy, oficialmente se llama calle Canelo.

Canelo y su fidelidad son esos pequeños elementos de la historia que hacen leyendas y crean mitos. Para mí, Canelo es ese perro del que hablaba la canción y que sólo mi papá me apoyaba a creer que era verdad.

 

Creo en Fantasmas. Me lo enseñaron mis perros.


Vamos a platicar un poco sobre este enfoque tan discutido de los animales y los mundos no-científicamente-comprobados, digamos.

Empiezo por aclarar, como suelo, mi postura. Yo soy muy científico, por eso creo en los fantasmas.

Seguramente el escéptico me dirá que mientras más ciencia menos creencia, pero temo desilusionarle. El que no cree, o no acepta la posibilidad de la existencia, lo hace muchas veces por negación o por evasión, no por «apegarse a la ciencia».

La generalidad de la ciencia, ya no se apega a eso de «lo que no hemos comprobado, no existe». Al contrario, un buen científico suele decir «lo que no hemos comprobado, es porque nos falta investigarlo más». Por ello es una contradicción y un muy débil argumento decir que la ausencia de pruebas es en sí la prueba misma.

Hace 200 años, se descubrió que toda la materia estaba formada por átomos. Ya era una gran descubrimiento y se creía que era total e irrebatible. Cuando se pensó que había algo más pequeño aún, los «científicos» escépticos veían esta posibilidad como «creer en fantasmas atómicos». Es decir, era pura fantasía.

¿Sabías que el descubrimiento de los protones, neutrones y electrones no tiene más de 110 años? Vaya, el Cine se inventó antes de que nos enteráramos de estos pequeños «fantasmas» que nos rodean por billones. Actualmente la ciencia está tratando de explicarle a la gente la existencia de la «Antimateria» que se supone, nos rodea y cruza todo el tiempo sin que la podamos ver. ¿Has oído hablar de la «partícula de Dios»? Bueno, es un nombre dado a cierta antimateria que se busca comprobar con mucha insistencia, tanto, que se construyó una mega máquina para ello, por debajo de un pueblo entero, en la frontera de Suiza y Francia.

Así, la verdadera ciencia, el verdadero científico inquieto, no puede parar en algo porque «no existe», debe dejar la puerta abierta porque es sólo algo que «no se ha comprobado».

Por eso creo en fantasmas y esas cosas. Porque creo en Lavoisier y Dalton que dijeron: «La materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma». Si un cuerpo (humano o animal) muere ¿Qué pasa con toda su energía, la que recorre su cuerpo todos los días? ¿A donde va? La ciencia dice que no puede simplemente «desaparecer», ¿no? ¿Anda flotando en el aire? ¿Nuestra atmósfera está sobrecargada de energía después de miles de billones de muertos? ¿Cae sobre algo o alguien?

Por otro lado, nosotros nos apegamos comúnmente a algo que le llamamos «intuición». Creemos que «adivinamos» ciertas cosas, ciertas intenciones, razones o culpas. Creemos que podemos «sentir» cuando alguien nos miente, cuando alguien planea algo malo o cuando carga la culpa de haber hecho algo indebido. Le decimos «vibra», «intuición». No es algo necesariamente mágico. La cosa es que somos -en mayor o menor medida- sensibles a los cambios químicos que nuestro cuerpo tiene ante cada actitud o idea, partiendo del cerebro. Así es como funcionan los polígrafos, o detectores de mentiras, midiendo ciertas reacciones químicas y cerebrales.

Bueno, ahora tomemos en cuenta que el hombre es el animal más insensible del planeta. Como ha desarrollado tanto su cerebro para fabricar herramientas que lo ayuden, no necesita evolucionar ni mejorar su organismo. Nuestros ojos no se están haciendo más fuertes, porque nos estamos acostumbrando a los lentes. Nuestro oído no se hace más agudo, porque tenemos aparatos auditivos. Lo mismo la piel, el estómago, el olfato. Todo es de muy mediano alcance, porque nuestro cerebro y sus ideas se encargan de solventarlo. Pues resulta que los animales no.

Como no tienen de otra, los animales van mejorando ciertos sectores de su organismo para ayudarse a sobrevivir.

Los perros tienen un olfato increíble, un oído muy poderoso y una memoria fantástica en tanto reconocer estos hechos. Por eso saben antes de los temblores, pues sienten la vibración de la tierra cuando es diferente, pero tan ligera que aún nuestros sismógrafos no la han sentido.

Tambien gatos, aves, roedores, serpientes, peces… vaya… todos los animales tienen distintas mejorías.

Si juntamos ambas cosas, tan científicas como mi planteamiento lo permita, podemos suponer mejores respuestas para los enigmas fantasmagóricos animales.

Yo creo -y ahora sí es sólo mi creencia- que mis 5 hijos peludos saben identificar lo que está más allá de la comprensión humana. Vaya, creo que pueden ver fantasmas. A lo mejor no siempre son corpóreos, no siempre son personas flotando las que ven. Creo que a veces sienten la energía de alguien más, una ráfaga de calor o frío que no corresponde al clima, una fuerza que ronda sin control o con algún tipo de intención.

Tengo mis elementos para creer eso.

Mi hijo Choco solía sentarse frente a la foto de mi Papá, al que no conoció. Fue el primero de mis hijos y el que me ayudó a salir de la tristeza que fue la muerte de mi padre… y parecía buscarlo con mucho afán. Muchas noches desperté a su lado, mientras él estaba sentado, con las orejas relajadas y la cola en movimiento, viendo a la ventana abierta. Cuando me oía mover, sólo volteaba, con una expresión que parecía decirme «todo está bien, yo vigilo».

Cuando llegó la segunda, Becky, ambos se turnaban. A veces uno se iba a la sala, para acostarse en el sillón viendo a la nada, mientras el otro me acompañaba. La tercera, Kika, juega «sola» en las tardes. Se pone a girar como loca y parece corretear un ratón invisible. Lady suele acostarse en mi estómago o en mi cabeza cuando me duele, pero siempre viendo hacia la puerta, como si supiera que debe vigilar porque no estoy en condiciones de defenderme yo. El más reciente, Chin, aún no conoce a los fantasmas de mi casa, por eso sólo los vigila, especialmente cuando están el rincón de la sala, junto a su cama… en donde, claro, mis ojos no ven nada.

Yo he tenido, como todos, días negros, blancos y multicolores. Ellos saben perfectamente cómo reaccionar. No son especialmente traviesos cuando estoy enojado o harto. Son más juguetones cuando mejor vengo y comprensivos cuando estoy alicaído. Es algo similar y conectado con la visión fantasma. Quizá no formulen lenguajes o usen herramientas, pero siempre parecen estar un pasó más allá de lo que nosotros consideramos «lógico».

En ciertas noches, cuando hablo a solas con Papá, Choco sigue sentándose a mi lado, viendo al frente. Se acuesta después de un rato, volteando a mí cada cierto tiempo, revisando que todo vaya bien.

A esto le añado mis creencias multiculturales:

Creo que Dios no permitiría que estos seres tan maravillosos desaparezcan, y mucho menos que me abandonen. Por eso creo que Skipy, el primer perro de mi infancia, aún ronda mi cuarto de repente. Creo que junto con estos 5 (y quién sabe cuantos más en un futuro) de los que un día tendré que despedirme, me esperará en ese túnel con la luz al fondo, del que saldremos todos juntos para después cruzar el inframundo, quizá el purgatorio, cruzaremos el río Estigia a puro nado (no creo en el payaso de Caronte) y caminarán a mi lado en el Mictlán. No se separarán de mí ni cuando llegue a las puertas de mi última morada (juro que me esfuerzo porque sea el Cielo) y Dios los convertirá en Ángeles que se quedarán conmigo eternamente… (Bueno, está bien, se los prestaré un rato a mi madre, mi hermana y mi papá, el que seguramente para entonces, ya tendrá «vara alta» allá)

Creo en fantasmas porque soy científico. No soy tan soberbio para creer que esto es todo lo que hay. Y creo que mis mascotas saben más de eso, nomás que aún no me quieren contar.

P.D. A todos aquellos que disfrutan la literatura de terror, y aman a los perros, les recomiendo «El traje del Muerto» (The Heart-shaped Box) de Joe Hill. Aunque hay que asustarse un poco y llorar tantito, dormirán más tranquilos que nunca teniendo un perro a su lado. Y si quieren algo más leve, el cómic de El Hijo del Santo, presenta un adorable Xolo con tipo de Chihuahua, Xico, el que no es otra cosa más que encantador. Este último seguro lo encuentran en la tienda Santología, de la Condesa (y no me pagaron por el comercial, jeje).

Nos leemos pronto y abracen con cariño en su corazón a todos sus muertos, hoy y siempre.

Justificada discriminación científica.


Experimentación en Animales I.

En más de una ocasión hemos hablado del problema que regularmente tenemos como sociedad hacia los animales: valoramos sus vidas de maneras distintas, con raseros diferentes dependiendo de la especie que nos guste.

Esto obedece a un mismo vicio que, creemos, solamente aplicamos entre humanos: la discriminación.

Discriminar, por su significado puro no es negativo, pues significa sólo «Seleccionar excluyendo», lo que hacemos todos los días al escoger algo. Sin embargo, como fieles seres humanos, el sentido que más hemos usado, es el negativo, que se complementaría como «Seleccionar excluyendo, dando un trato de inferior valor a lo que se excluyó».

Discriminamos pues, por ignorancia, por miedo y por estupidez.

Pero no por hablar de «ignorancia», me refiero a que sea un vicio de la gente «sin cultura» como generalmente se llama (discriminando) a la gente de menores recursos y con menor educación. De hecho, mucha de la gente que ha recibido mayor educación académica y posee conocimientos científicos más amplios discrimina de manera más frecuente y con consecuencias más letales.

En lo que nos concierne a este blog, los animales, dicha valorización, y por tanto discriminación, de la vida ha sido hecha en gran medida por la llamada «comunidad científica«.

En el afán por conocer más de su mundo, descubrir nuevas cosas para el bien de su especie y para la mejora de su «calidad» de vida, el ser humano científico desarrolló un método denominado «experimentación». Sí, sé que no estoy hablando de algo del otro mundo como para explicarlo con tanta puntualidad, pero el sarcasmo en mi explicación tendrá un sentido.

En esta «experimentación» el hombre busca sustitutos de los elementos que rodean un hecho. Por ejemplo: el hombre observó que un rayo caía e incendiaba un árbol, para entenderlo (y controlarlo) trató de repetir las condiciones que sucedieron. Ideó la forma de «simular» un rayo y puso un árbol en ese camino. Lo incendió. Comprendió el fuego y «lo controló» (o eso cree, porque aún en la era moderna los incendios naturales cuestan muchas vidas).

Cuando dicha experimentación invadió el campo de la vida, comenzó la valorización científicamente justificada. Para entender el funcionamiento de los organismos que le afectaban, el hombre encontró similitudes entre si mismo y otras especies, por lo que le pareció naturalmente más seguro «experimentar» poniendo en su lugar a otros animales, para entender los efectos sin sufrir las posibles consecuencias.

Yo sé que parece muy reaccionario atacar la experimentación con animales sin valorar los avances médicos que se han logrado con ello. Cierto, probablemente lo es; seguramente nuestros conocimientos médicos habrían sido más lentos para hoy sin ello, o habrían costado la mórbida muerte de los humanos en experimentación, pero es donde el valor de la vida hace que todo cobre sentido.

Para experimentar sobre una medicina, usando sólo humanos como sujetos de prueba, quizá una nación tendría que poner en riesgo a 1000 individuos en un periodo de 5 años, (¡con la posibilidad de fallar 999 veces!) pero obviamente la vida de uno solo de sus ciudadanos es demasiado valiosa para arriesgarla. Sin embargo, en una guerra de baja escala, se ponen en riesgo (que generalmente se concreta) la vida de 10 veces ese número. Claro, ahí no es lo mismo, pues se juega la vida de personas MENOS valiosas. La vida de un extranjero es siempre menos valiosa que la vida de un nacional.

No digo que esté mal valorar a tus ciudadanos, digo que es muy claro que la vida vale dependiendo de quien juzgue ese valor.

Pues ahora hablemos de una guerra más sencilla: la guerra humano – animal. En esa guerra no hay discusión. La vida de un ser humano vale más que la de un animal. ¿Por qué? «Porque lo digo yo y te callas» diría el humano con firmeza.

¿O… saben de otra razón? ¿Hay alguna razón genética o natural que nos diga que la vida humana es más valiosa? No somos una especie en extinción… no le proveemos a la naturaleza de algo que le faltaría con nuestra ausencia… no hemos hecho cosas que hagan a este planeta más productivo…

Entonces ¿por qué vale más la vida humana? «Porque lo digo yo y te callas», repite con firmeza el humano.

Vaya pues que llegamos al punto de reconocer que en esta guerra somos juez y parte, pero como además tenemos esta divina ventaja de la «razón», podemos idear formas de capturar animales y ponerlos a nuestro servicio sin que puedan hacer mucho al respecto.

Y… regresamos a la experimentación, en donde el ser humano científico justifica que la vida de uno de sus congéneres vale mucho más que la vida de millones de animales cada año. Claro está, siempre y cuando sea un humano de su misma raza y nacionalidad, porque de lo contrario tendría derecho a matarlo en una guerra.

Ganamos la guerra animal y desde entonces podemos usarlos para lo que nos plazca, incluso para experimentar sobre ellos cosas que queremos averiguar sobre nosotros mismos. Desde luego ningún animal es exactamente igual a nosotros, por lo que los resultados tardan hasta 1000 veces más en llegar, de simulación incompleta en simulación incompleta.

¿Digo que deberíamos experimentar con nosotros mismos? Sí, siempre que se pueda. Los resultados serían más rápidos y fidedignos. De todas formas, existen muchas menos investigaciones médicas que utilizan animales de las que imaginamos (cuando actualmente se habla de las grandes pandemias, de las enfermedades devastadoras y aquellas que hasta el momento son incurables, los científicos tienen una idea generalizada: son tan complicadas que experimentando en animales se llegará a muy pocos avances). Hablamos de experimentos para desarrollar antiácidos que alivien un dolor en quince minutos, en lugar de media hora, antigripales más veloces… y peor aún, «medicinas» que hemos hecho pasar como necesarias, pero que son meramente cosméticas.

La sentencia debería ser muy sencilla: Si el experimento es demasiado riesgoso, entonces hagamos simulaciones virtuales, cálculos más exactos, estudios más detallados… o sencillamente ¡no probemos ese algo que es tan riesgoso para nosotros!

Sobre todo, porque estoy hablando ahora, en este momento.

En una era en la que podemos «interpretar» el color de una supernova que nuestros ojos reales jamás verán, esinjustificable que no seamos capaces de simular la reacción de un cuerpo humano a un maquillaje o una aspirina.

  • ¿Por qué las carreras de Veterinaria en América Latina permiten que se practique a «operar» con un perro real si después ese perro no puede salir a la calle?
  • ¿Tan malos practicantes hicieron la operación?
  • Entonces… ¿no podríamos esperarnos un poco más para hacer la práctica?
  • ¿Por qué las carreras de Medicina (humana) no practican con mujeres reales que después deban «sacrificar»?

Porque los humanos «valemos más».

La mayoría de los cosméticos y medicamentos «mejorados» son probados en roedores, cerdos, conejos, perros o simios. ¿Es vital para nosotros saber si el nuevo Large Lash Mascara funciona sin irritar el párpado? ¿No sabemos los químicos que contiene como para calcular matemáticamente su efecto?

Si en verdad no somos capaces de calcularlo, quizá deberíamos de prescindir de ese algo que no podemos desarrollar sin asesinar en el camino a otro ser que según nosotros, Y SÓLO NOSOTROS, vale menos.

¿Sabías que en los primeros 20 años de los viajes espaciales se experimentó solamente con monos, perros y ratas? Obviamente, fueron 20 años de experimentos infructuosos, pues cada animal que fue sacado de órbita murió en una u otra circunstancia. Sólo hasta 1966 (20 años exactos después del primer intento) dos perros rusos sobrevivieron a nuestros experimentos astronómicos.

Esa es nuestra era moderna. Ya no cometemos la «tontería» de explorar el mundo y sus consecuencias con la aventura de nuestra inquisitiva y preguntona persona. Ya no tenemos que arriesgarnos a caer al mar en el límite del mundo cuando crucemos la tierra plana, ahora podemos mandar animales, seres que VALEN MENOS que nosotros, cuya vida es sólo un número, y cuyo fallo o éxito nos van a dar más facilidad para avanzar sin arriesgar el pellejo.

¿Que valientes, modernos y valiosos no?

El Natural camino a la Felicidad


El día de hoy, agradeciendo los comentarios que cibernautas nos hacen llegar cada día, les quiero compartir una parte de mi vida que, aunado a lo que trabajar para Red Animalia me ha enseñado, puede resultar muy útil para comentar con quienes no están del todo convencidos de las ventajas de amar a los animales.

Pero la intención no es darle mi opinión sólo a quien tiene hijos. También a quien tiene un hermano, un primo, sobrino, nieto o amigo. A todo el que conoce a un niño que justo ahora está descubriendo las razones para ser feliz.

La intención es platicarles una de mis razones de mayor peso para unirse a nuestra permanente lucha por hacer de este planeta, un mejor lugar para los animales, lo que poco a poco hará por fuerza un mejor lugar para los seres humanos.

Hoy mi padre cumpliría 60 años de edad.

Desafortunadamente, está también por cumplir 7 de haberse despedido de su forma física. Para muchos, si no todos, quienes lo conocimos, se fue muy pronto. Se fue especialmente joven para ser alguien cuya única filosofía inamovible era:

«La sonrisa es primero».

Mi padre fue uno de esos inusuales híbridos, mezcla entre un Boy Scout y un Ejecutivo. Trabajó toda mi vida consciente como Gerente en varias empresas, pero siempre llevaba por dentro un profundo amor por las cosas gratuitas del mundo: besar a su mujer, estar con su familia, reír con sus amigos, jugar con sus hijos, salir a pasear con sus perros.

Literalmente perteneció a esa, cada vez más escasa, raza de niños exploradores, que al tiempo que aprendieron el valor de un 10 en matemáticas, sabía hacer un nudo ciego, prender una fogata sin encendedor y ubicar el norte con sólo ver el musgo en la base de los árboles.

Nació en una casa cómoda, planeado y deseado, como sus otros 4 hermanos, pero resultó de alguna forma, el adolescente rebelde de todas las historias. No compartía la férrea disciplina para el estudio de su hermano mayor, pero mi abuelo tenía sobre él las mismas expectativas. Si bien jamás reprobó una materia, combinaba la escuela con su amor por los deportes, por acampar y por las cosas manuales, como la carpintería.

Sobre todo lo primero, nunca fue bien visto por su padre, quien equiparaba al basquetball, que tanto adoraba papá, con «vagancia». Mi padre llegó a ser seleccionado de esa «vagancia» por la Prepa 6 para el torneo nacional, al que nunca acudió, pues mi abuelo lo encerró en su cuarto la noche anterior mientras dormía, hasta pasadas las 10 de la mañana, hora en que el camión de la Selección saldría hacia el torneo.

Aún con todo eso, no recuerdo a mi padre como un hombre de rencores, y él nunca recordaba al suyo con dolor. Lo recordaba como un hombre de otra generación y otra educación, al que entendió tiempo después y al que perdonó casi de inmediato.

Seguro por ello es que fue el maravilloso padre que resultó ser. Jamás nos presionó, a mi hermana o a mí, a hacer algo que no quisiéramos, mientras apoyaba cualquier locura (especialmente de su servidor), por temporal y efímera que esta fuera.

Pero por encima de todo, siempre apoyó la filosofía que les comenté al inicio: la sonrisa es primero.

Decía que si algo NO nos hacía felices, no debíamos considerarlo una prioridad. Por supuesto debíamos saber identificar la diferencia entre «no me hace feliz» y sencillamente «me da flojera», por lo que hacer la tarea no estaba en negociación. Pero si cumplíamos con nuestro deber, mi querida hermana y yo eramos libres de hacer lo que quisiéramos.

Claro, él también lo era, por eso me compró un Atari 2600 cuando había salido el Super Nintendo. Se resistía a darme las «opciones de moda» cuando consideraba que estas me enclaustrarían en mi cuarto (cosa riesgosamente cierta). Por eso antes de un videojuego, se la pasó enseñándome todo lo que como Boy Scout lo entretenía. Me enseñó a diferenciar una hortiga venenosa de una enredadera, a identificar a las arañas venenosas de las inofensivas, me enseñó el truco del musgo para orientarme… y sobre todo me enseñó la maravilla que implicaba un organismo vivo.

Pasamos varias tardes leyendo libros sobre perros o aves. Me llevó un video (sí claro, en Beta) de Larry Casanova, el «Encantador de perros» de mi infancia, el que corrió tanto que se desgastó la cinta. Me acompañó a recolectar Hormigas Rojas para hacer mi colonia (unas 20 veces, porque nunca recolecté a la Reina). Me compró tortugas japonesas desde los 3 años y canarios a los 5. Cuando vivimos en un pueblito en Jalisco, me dió un Husky Siberiano que murió de parvovirus y a la semana de eso trajo un Pastor Alemán que estaría conmigo los siguientes 8 años de mi vida. Al mismo tiempo me dejó comprar 3 hámsters, salvar a un pollo que corría por la calle y mantener a mi tortugota «Leonardo».

Una mañana amaneció un perro mestizo enano bajo su auto y me dejó sumarlo a la heterogénea manada. Con Skipy, el mestizo Bunyip, Leonardo, mis 3 hámsters y 1 pollo, me hizo olvidar los videojuegos. Pero sobre todo, me enseñó que la felicidad estaba ahí, en mi casa.

Mis primeros desencuentros amorosos los sobrepasé en el patio, llorando junto a Skipy y Bunyip. Lo que hubiera sido mi primer encuentro con un asaltante, se frustró cuando este se dio cuenta que iba paseando a mi Pastor Alemán. En mi cumpleaños, el 25 de diciembre y el 1 de enero, Papá dejaba dormir a Skipy en mi cama, como «regalo» furtivo (por que mi mamá ni cuenta se daba).

Cada que le platiqué de algún perro callejero, me alentaba a que lo ayudara, como aquella perrita Sharpei que encontré en CU en muy mal estado y que murió una semana después en la sala de mi casa.

Un día de Noviembre de 2003, papá se fue, tras pelear sólo 3 meses contra una de esas enfermedades invasivas.

Casualmente, esos días eran parte de una época en mi vida sin animales cercanos.

Papá vivía con mi madre en Monterrey, por su trabajo, mientras mi hermana y yo vivíamos aquí, por la Universidad. Por alguna razón yo había ido olvidando el valor de la presencia animal en mi vida y estaba muy concentrado en la escuela y los nuevos trabajos.

De nada sirvió el éxito profesional, el académico o el económico. El golpe fue devastador y por poco, también para mí, mortal. Perdí a mi padre, me convertí en el «hombre de la casa» y estaba más solo que nunca.

Mis amigos y familiares me apoyaron, claro, pero al regresar cada noche a mi cuarto, era como sentarme en medio de una caverna gigantesca, oscura, vacía. Era esa soledad que duele, que ahoga, que te aterra y te grita en los oídos hasta que te quedas dormido.

Y entonces… tras casi 15 meses de vivir así, un día apareció un Labrador Chocolate que buscaba hogar. En cuanto lo ví a los ojos nos reconocimos. Sabíamos que nos habíamos encontrado después de años de buscarnos sin conocernos. El mismo día lo subí a mi auto, sin temor a manejar con un perro grande al lado. Él se sentó como si siempre hubiera viajado con la cabeza en mi hombro.

Recordé poco a poco, casi de manera inconsciente, que la felicidad estaba ahí, que «la sonrisa es primero». El hueco que había dejado mi padre se fue llenando, pero no con la presencia de Choco, sino con el recuerdo de lo mejor que me había dejado Papá: la felicidad gratuita. Ver a mi  perro al despertar cada mañana me hacía sonreír casi en automático, salir a caminar con él me daba

ganas de empezar el día. Tenía con quien platicar cada noche y a quien abrazar antes de dormir.

Dos años después llegó a mi vida una perrita mestiza, le siguieron una tortuga, otra perra mestiza, una poodle, otra tortuga y, hace un par de meses, un chihuahua.

¿Se necesitan 5 perros y dos tortugas para ser feliz? No, claro que no, depende de cada uno, el número ya fue exageración mía,. Lo que sí resulta muy importante es fincar la felicidad en algo que valga más la pena que el dinero, las fiestas, el trabajo o el éxito profesional.

Claro que no es malo el esfuerzo por un gran trabajo, por un mejor puesto o por un mejor sueldo… pero honestamente no es nada sano que sea ESA la razón de la felicidad. Sobre todo, porque muchas de esas cosas no dependen de nosotros mismos únicamente.

En este mundo, es cada vez más complicado ese mal llamado «éxito». Condicionar a alguien a buscarlo mientras se busca la felicidad, es condenarle a una presión absurda, así como a una estadísticamente riesgosa depresión. Hay que hacer algo que amemos, o aprender a amar lo que ya hacemos, si con ello viene el aplauso, el reconocimiento o el dinero, será un extra que agradecer, pero hay que dejarle la felicidad a las cosas gratuitas de la vida.

Si una persona puede ser feliz al lado de otra, sentada en un parque, platicando, ESO es éxito.

Si el gesto de un niño al descubrir las cosquillas te hace feliz, ESO es éxito.

Si la mirada de un perro por la mañana te hace feliz, ESO es éxito.

Si te hace feliz ver un gato jugando, una tortuga siguiendo tu dedo tras el vidrio, un ratón comiendo una semilla, un pez payaso escondiéndose, dos aves cortejándose… ESO es éxito.

Eso me lo enseñó mi padre, y fue el regalo más grande que me pudo hacer. Mi días más oscuros existieron cuando lo olvidé y la luz regresó de la mano de un perro café.

Ojalá todos tengan la oportunidad de ser así de felices. Se los deseo de todo corazón.

Y hoy a 60 años de haber nacido, digo lo que quizá debí decir cuando me escuchaba físicamente (porque su energía seguro sigue rondando por aquí):

Gracias Papá.

Pequeños golpes de Cultura Animal


¿Qué sientes cuando escuchas que mientras un perro fue rescatado de la calle, 5 más fueron abandonados? ¿O cuando te enteras que un gato callejero fue adoptado mientras acaban de nacer otros 5 en algún callejón perdido de la ciudad?

¿Te da impotencia? ¿Sientes que es una lucha perdida? ¿Te dan ganas de rendirte de repente y aceptar que no hay solución? No sería algo raro, ni te hace mala persona. Esa sensación nos da a todos los protectores y defensores alguna vez, cuando nos damos cuenta que la lucha a mano, es más lenta y, a veces, menos efectiva que la lucha intelectual.

La lucha intelectual o cultural es la que se hace expandiendo la cultura de respeto animal. Es una lucha que todos podemos hacer, en cualquier momento, todos los días, sin necesidad de un esfuerzo físico, sin el riesgo del rescate y sin ensuciarse un zapato.

La verdad sea dicha, no necesitamos a todos los protectores animales allá afuera, colgados de un barco ballenero en las costas de Japón, ni atados a un árbol del Amazonas.

De hecho, pareciera que gran parte del problema es que no atendemos cierto frente. Ese, el más descuidado, es el de la educación.

Es el más descuidado en proporción de uso, pues de ser más defendido, sería más efectivo que cualquier gran marcha, que cualquier manifestación o cualquier barco Antiballenero de Greenpeace. Sería más efectivo porque prevendría los problemas animales y ecológicos, antes de tener que defenderlos.

Es así: no importa cuanto nos esforcemos, rescatando de uno en uno no podremos ganar jamás. No podemos detener nuestra labor física, cierto, pero sobre todo no podemos olvidar nunca nuestra obligación cultural.

Niños, jóvenes y adultos, todos podemos expandir esta cultura, para que cada vez haya menos rescates qué hacer, al tiempo que haya más gente conciente.

Hablemos de la cultura animal, el respeto por las especies y una nueva concepción de la vida. Un nuevo concepto de RESPETO.

Eso sí, aquí no hay hechizos, encantamientos ni frases mágicas. Todo necesita una base sencilla pero ardua: predicar con el ejemplo.

Empecemos por los niños.

Ellos son los que más rápido absorben lo bueno, pero también lo malo. Cuida tu actitud y tus palabras. Evita que aprendan frases como “es sólo un perro”. El valor que le des a las cosas, será el que le asignen ellos.

Sé Parejo.

Que tu estándar de la vida sea el mismo para todas las especies. Aunque no seas fanático de un animal, no dejes que parezca que no vale como los demás. Es muy fácil hablar de “los bonitos perros”, “los simpáticos gatos”, “los maravillosos tigres” o “las majestuosas águilas”… pero cuando se trata de serpientes, arañas, chacales o buitres, mucha gente, usa adjetivos como “sucio”, “horrible” o peor aún, hay quien llega a decir que si pudiera, desaparecería a tod@s. Es importante saber y promover la importancia de todas las especies del planeta, por su lugar en el equilibrio natural.

¿Sabías que Einstein calculaba que si las abejas desaparecieran, la humanidad tendría menos de 5 años de vida? Apuesto que si te picó alguna vez una, no eres fan de ellas…

No dejes que los niños jueguen a los “cazadores”. Cada vez más son los programas de televisión que exhiben la única cacería válida, la que se hace con una cámara.

Además, ya existe el supermercado, aprender el “arte” de la cacería ya no es una necesidad y sólo se convierte en un hobby costoso, irrespetuoso y cruel.

Así mismo no los expongas a espectáculos polémicos que les confundan la concepción de la vida. Si de adultos deciden asistir a una plaza de toros, será decisión de ellos, pero un niño no tiene por que ser obligado a ver a un toro sangrar.

Di no a las pieles.

No existe método alguno para despojar a un animal de su piel sin que haya una absurda e infame tortura de por medio.

Si alguien te presume la maravilla de su abrigo de piel, dile que en tu “tribu” ya desarrollaron una cosa que se llama “material sintético” y que ya ni siquiera los nativos americanos despellejan bisontes.

No consumas animales “exóticos”.

No existen proteínas desconocidas, afrodisíacos o poder especial alguno en la carne de ningún animal. Después de la res, el pollo y el pescado, nuestro cuerpo no requiere ninguna otra sustancia que no se pueda encontrar en los vegetales.

En serio, los sabores más geniales, se logran con buen sazón y condimento. Ninguna sopa o platillo que contenga huevo de tortuga, conejo teporingo, zorro, venado o elefante, vale la pena su peligro de extinción.

Por cierto, hay un material en nuestro planeta que debería ser aborrecido: el marfil. Cualquier adorno que te presuman de este material trae consigo la vida de medio elefante. Si alguien tiene dos adornos, seguramente es responsable de un elefante completo menos.

Algunos animales tienen cierta cercanía con los seres humanos, pero ninguno es igual. Entonces ¿para qué experimentar con animales el funcionamiento de un medicamento o cosmético? Aléjate de ellos.

Existen muchas marcas que fabrican DE TODO sin probarlo en animales y no por eso son más caras o menos fáciles de encontrar. Hay muchas investigaciones serias en internet, busca información y elige marcas ecológicamente responsables.

Si al ir al supermercado estás escogiendo una marca amigable con los animales, siéntete orgulloso de ello y platícalo en voz alta con quien te acompaña. Te asombrarás de ver una reacción positiva de alguien más o incluso que te pregunten sobre ello.

No tienes que ser un agresivo reaccionario para compartir tu cultura con tu familia y amigos. La serenidad es más fuerte que un grito. Diles que respetas su posición, pero que no entiendes como alguien tan inteligente no se da cuenta el mal que hace.

Especialmente en la ciudad, es absurdo que te hablen de “instintos cazadores”. El ser humano se ha esforzado por aprender a imitarlo todo, ¿por qué justificar ahora que estamos “en contacto con nuestro cavernícola interno”?

Analiza las cosas que aprendiste de niño y las que puedes mejorar. Ya estamos grandecitos para escudarnos en “tradiciones” o “costumbres”. Demostremos que la educación y la inteligencia sirven para luchar contra las viejas mañas.

Y cada consejo que puedas añadir a esta lista, no dudes en compartirlo con nosotros. Recuerda que la fuerza y la cultura la hacemos todos, y nosotros especialmente queremos escuchar a los y cibernautas de Red Animalia.

El Perro «Hiperactivo». Cuando la energía desespera.


El día de hoy vamos a platicar de un aspecto canino que para muchas personas resulta difícil de entender yde controlar, tanto, que en muchos casos puede ser razón suficiente para abandonar o regalar a la mascota.

Curiosamente, la hiperactividad es un aspecto que en términos de salud, es una muy buena seña. No sólo es normal, en cierta etapa de su vida es importante que la mascota sea así.

¿Contradictorio?

Primero habrá que decirlo con justicia: el término Hiperactividad se usa en estos tiempos con mucha simpleza, aplicado en la mayoría de los casos a humanos y animales que sencillamente tienen mucha energía y pocas vías de canalización.

Es decir: a veces para justificar, por ejemplo, la deficiencia en la educación, maestros y padres de familia acuden a “diagnosticar” Hiperactividad en un niño, lo que los exenta de la responsabilidad, pasándola a la genética y a la necesidad de un psiquiatra. Bueno, pues esto no está muy alejado de lo que sucede con los perros:

¿Mi perro joven muerde un zapato cada que no estoy? es hiperactivo. ¿En cuanto le suelto la correa sale volando a oler a otros perros y correr sin control? es hiperactivo.

 

Y no, la mayoría de las veces no se trata de un perro hiperactivo… y si así fuera, no es tan trágico.

Esto tiene dos partes involucradas: La naturaleza canina y la comprensión humana.

Primero, lo perro del asunto:

  • Un perro, de cualquier raza, especialmente entre los 6 meses y los 2 años, tiene mucha energía y mucha curiosidad, es natural, pues, que responda a la mayoría de los impulsos, pero especialmente a los nuevos.
  • Los ruidos extraños, los que nunca había experimentado, le pueden causar extrañeza, curiosidad, emoción o miedo.
  • Los olores desconocidos, especialmente los de otros perros que sean nuevos en la zona, lo harán entrar en acción.
  • Las caras nuevas pueden agradarle demasiado o provocarle mucha desconfianza dependiendo de cómo lo hayamos socializado hasta el momento (y de eso que conocemos como “vibra”, dicen).
  • No sólo las novedades son razón para detonar su energía. Si bien existen comportamientos más o menos generalizados, cada perro es único y tiene una “perronalidad” definida, que puede ser muy distinta a la de otro de su misma edad y raza. Conócelo.
  • Un perro, como cualquiera de nosotros, se ve afectado por los elementos del ambiente, como la casa en la que vive y la forma en la que lo tratan, así como por el sentido de pertenencia.
  • El perro quiere PERTENECER a nuestra manada, para lo que tratará de encontrar y copiar conductas que vea en los líderes, a fin de complacerlos.
  • Si tiene dueños desconfiados y huraños, es muy probable que lo copie, desconfiando de cuanto perro o humano se le aproxime.
  • Si por el contrario, ve a sus líderes como dos seres muy sociales, que saludan a mucha gente diferente en la calle y que acarician a otros perros, es posible que se vuelva el perro amiguero.
  • Si a cualquiera de estos ejemplos le añadimos su natural energía exacerbada en la adolescencia, podemos tener a un perro muy miedoso, ladrador, histérico y hasta agresivo, o a uno encimoso, querendón pero brusco, juguetón hasta el extremo y difícil de parar.

Y nos concentramos en este especial periodo de edad, porque si bien es la edad perfecta para educarlos, también es el momento exacto en que podemos malcriarlos.

En esta etapa (6 meses a los dos años) pocos perros saben lo que “quieren ser en la vida”, o sea, no les importa mucho ser el jefe de la manada o el subordinado, ellos solamentes están explorando los puestos.

Por eso una educación adecuada en este momento les cae tan bien, pues están listos para entender su rol en el grupo.

Sin embargo en su otro extremo, el negativo, debemos decir que los miles de años de domesticación han borrado instintos, y si el jefe de la manada no pone reglas, en esta edad pueden aprender muy bien que son libres. Se pueden comportar como jefes cuando quieran, pero pueden ser dependientes y exigentes de comida y sustento, así como demandantes de atención.

Si llegan a entender que la energía desbordada les traerá frutos (juegos, atención, caricias o comida) es probable que se comporten como el “perro hiperactivo” tan temido durante mucho más que ese tiempo, esforzándose por serlo incluso cuando en la adultez ya no tengan la misma fuerza por naturaleza.

Y es aquí donde importa lo humanamente posible:

Muchos dueños disfrutan a un perro con energía y fuerza cuando están de buenas, pero si fue un día pesado, llegar a casa a encontrar a una mascota incansable les parece casi un castigo de la naturaleza, lo que es sencillamente injusto.

En nuestra ciudad es normal encontrar mascotas que viven en departamentos o en casas sin patio, y más aún, mascotas cuyos dueños están ausentes gran parte del día por el trabajo o el estudio. Esto hace que los perros adolescentes y jóvenes acumulen energia durante el día solos, ansiedad, un poco de estrés y muchas ganas reprimiditas de jugar.

Esto hace que cuando llega su amo, en lugar de estar listos para acabar el día descansando, empiece a descargar la energía, corriendo, brincando, buscando juguetes, y peor aún, puede provocar que al llegar los dueños encuentren muebles dañados, zapatos mordidos, adornos rotos. No son lo que humanamente conocemos como “travesuras”, sino la curiosidad y la necesidad de entretenerse, combinadas.

¿Qué hacemos?

La mayoría de las veces viene un regaño “humanizado”, es decir, le hablamos sobre el problema, le preguntamos el típico “¿Quién hizo esto?” o más absurdo aún, preguntamos por qué. Ya hemos hablado que el perro se asusta por nuestro tono de voz, no por recordar la travesura, pero es importante remarcarlo: el zapato mordido, a menos que sea captado en el acto, es una baja de guerra, y de nada sirve restregárselo en en la cara cuando hace horas lo destrozó.

¿Lo dejamos amarrado? ¿Lo encerramos en un cuarto, en la azotea, en el baño?

No, no… y enfáticamente NO. Aislar a un perro con energía sólo le hará acumular más ansiedad, con el riesgo de que en su intento por liberarse se haga daño en los dientes o patas, además de dañar más otros muebles o puertas. Un perro debe entender cuál es su espacio permitido, pero no porque no pueda accesar a los otros, sino porque ahí están sus cosas, ahí se le acaricia y se le pone atención, ese lugar LE PERTENCE.

¿Necesita entrenamiento?

Por supuesto siempre es bueno un entrenamiento profesional, pero no es la única salida.

Aún hay muchas cosas que se pueden hacer, empezando por: Jugar con él. Así de sencillo. Muchas personas tienen la falsa creencia de que jugar los hará más inquietos al “consecuentar” dicha energía, cuando es exactamente lo contrario: Jugar en un momento específico del día, les ayuda a descargar la energía y a entender que existe un tiempo específico para ello.

Lo ideal es que jugaras una hora o dos diarias, pero si no, al menos unos minutos, dos o tres veces al día les hará mucho bien.

Ahora bien: CUIDADO, trata de no responder en el momento que él lo demanda. Debes ser tú quien ponga el horario y permita que empiece. Por ejemplo, cuando llegues a casa no lo peles tanto, no le sigas la fiesta en el momento en que lo ves. Relájate, ignóralo un poco, cámbiate de ropa, refréscate… y entonces sí, muéstrale que es tiempo de jugar.

Cuando los apapachamos mucho justo al momento de regresar, les estamos diciendo que se preparen para nuestra llegada, pues vendrán los abrazos y el juego… ¿Qué sucede? Pues que mientras no estás, tu amigo se queda a la expectativa, tenso, ansioso, esperando verte cruzar la puerta para explotar.

Debe sentirse querido y tranquilo de verte, pero debe entender que demandar tu atención con brincos, carreras y ladridos no le hará conseguir nada. Debe notar que hasta el momento en que se relaja, tú respondes. Si se pone más que ansioso, peligrosamente activo, quédate quieto, párate en algún lugar cerca de él, con brazos cruzados y postura firme, ni siquiera lo veas a los ojos. No le harás el mínimo caso hasta que se levante.

Recuerda: Como en todos los ámbitos, esto es cosa de creérsela. No sólo finjas una orden, actúala, siéntela para que la sienta él. Tu actitud firme de líder debe estar en todo momento, voz, actitud, postura, firmeza de movimientos. No puedes pedirle que te respete el rol de líder si tú no respetas y sientes esa posición primero.

¿Hay peores o mejores perros en al campo de la energía y la hiperactividad?

Por supuesto hay razas de perros más activas que otras, y generalmente aplica al tamaño: mientras más grande sea, más juego requiere.

Entre los grandes, desde luego el premio se lo llevan todos los Retriever: Labradores, Golden, Chocolates. Su naturaleza les hace perros fuertes, con mucha energía y con ganas de tener un trabajo. Vaya, su nombre lo dice: son Cobradores, lo suyo, lo suyo, es correr a traerte cosas.

Sin embargo, el tamaño no es una regla. Los terrier pequeños, por ejemplo, tienen mucha energía, lo mismo la mayoría de los Chihuahua, el Jack Russell, el Pincher o el Cocker.

Y aunque la fama se cargue de un lado u otro, no debes olvidar que el juego y la atención es necesaria para TODOS los perros. No son un mueble, un juguete o un accesorio. Tienen pensamientos, curiosidad y dudas. Tenlo presente para no dejar cosas fuera de lugar, cables al alcance de su hocico, ni cosas de valor en donde las pueda encontrar. No asumas que un “simple papel” no le atraerá para jugar (así terminan rotos recibos, actas y hasta billetes), no confíes en que “nunca lo ha hecho”, porque eso no significa que nunca lo hará.

Cualquiera que sea la raza de tu perro, dale espacio y atención, dale tiempo de CALIDAD. Juega con él, ponle horarios y días especiales. Si puedes, dedícale alguna mañana completa el fin de semana, verás que pronto identificará el día exacto y casi casi estará en tu carro tocando el claxon la próxima semana.

Ante todo sé responsable de él y de su vida. Mucha energía es seña de buena salud, por lo que no puede ser una característica mala. No se vale regalarlo porque está más “vivo” de lo que creías que estaría.

Y si estás pensando en adquirir apenas a un perro, toma en cuenta todo esto, para que no te hagas el sorprendido después. Si no tienes un rato del día completamente libre para él, ni un espacio que le puedas regalar enteramente, no estás listo para tener un perro.

Acércate siempre a médicos y a especialistas. Investiga, compra buenos libros sobre perros, te ayudará mucho tener el respaldo de conocedores, y por supuesto, cuenta con nosotros si en algo te podemos ayudar.

Consejos mínimos para no perder a una mascota.


Cada persona que ha perdido alguna vez a una mascota en la calle te lo puede decir: Daría lo que fuera por regresar el tiempo y evitarlo.

Para quienes realmente consideran a su mascota como parte de la familia, perderla en la calle, regresar y ver que se ha salido, verla correr y nunca regresar, son golpes muy difíciles de superar. Desde luego, el mayor dolor es la nostalgia, el no volverlo a ver, pero también ocurre un miedo brutal por saber que un perro o gato de casa se enfrentará con un mundo muy difícil y doloroso afuera, así como la culpa recalcitrante por aquellas cosas que pudimos haber hecho mejor para prevenir el extravío.

Aunque hay casos varios de personas que lucharon, buscaron, aguantaron y encontraron de nuevo a su mascota, el índice de mascotas perdidas definitivamente es muy alto. Por eso queremos compartirte algunos muy valiosos consejos para evitar que esto te pase, y si no te sirven de momento (porque tus mascotas tienen un gran jardín o porque tú ya los aplicas todos) pásale el dato a quien sea que conozcas con mascota, así estarás ayudando a dos: la familia humana no tendrá que sufrir el dolor de perderlo y la mascota no sufrirá el dolor de perder a su familia, dolor que es tan o más grande que el humano (creénos, hemos visto mascotas encontradas en la calle que aunque han sido sanadas físicamente, nunca recuperaron el ánimo y murieron de tristeza, esperando ver a su familia humana una vez más).

1.-Fuera la Soberbia

Empecemos por lo más obvio. Hay dos tipos de soberbia (humana, exclusivamente) peligrosa para las mascotas. La primera es sobre el ser dueño: «Soy muy listo para que me pase a mí». Por supuesto el perder a tu mascota no te hace tonto, pero sí es responsabilidad tuya, y en el 98% de los casos, fue un descuido que pudiste evitar. Ser más cuidadoso de lo normal no te hace un exagerado, depende de como veas a tu mascota. Si fuera tu hijo humano, no repararías en cuidados y precauciones, entonces ¿por qué no exagerar con tu perro o gato? El segundo tipo es sobre la mascota: «Tengo el mejor perro del mundo y jamás se perdería». Ahí sí es normal que nos sintamos como con los hijos humanos, TODOS creemos tener el mejor perro/gato del mundo. Un perro no se aleja demasiado porque lo desea, sino porque no se da cuenta a tiempo cuando el camino ya no es conocido. En el caso de los gatos, mucha gente supone que puede dejarlo salir cuando quiera y solito regresará. Su sentido de orientación es muy bueno, pero si algo lo asusta, un perro lo persigue o huye cuando comience a llover, puede llegar a un punto en el que ya no identifique su ubicación. No le otorgues cualidades mágicas a tus mascotas.

2.- La Placa

Te sorprenderías saber cuantos animales de compañía no tiene siquiera una placa con sus datos o estos no están actualizados. Una placa puede costar desde 50 pesos y representa la única forma de lenguaje de tu perro. Mucha gente está dispuesta a devolver a un perro o gato con sus dueños de manera desinteresada… y si no, al menos lo harán por una recompensa, la que seguramente no te molestaría dar si te lo regresaran. El caso es que cualquiera de las dos formas, es imposible sin una placa. No le pongas calle, colonia, número interior y código postal. Ponle muy claro el nombre del perro y un número de teléfono local, si quieres la colonia en todo caso y ya. Eso sí, siendo muy francos, mientras menos brillantitos tenga, mientras menos joyería parezca, menos será lo que te pidan de recompensa en el caso de que lo encuentre alguien medio interesadón. «Depende el sapo, la pedrada», dicen por ahí.

3.- El doble collar

A mucha gente, el collar de castigo le parece una tortura, cosa que es un poco exagerada porque el umbral de dolor canino es tan elevado que incluso a algunos muy activos les cuesta trabajo entender la corrección con él. Sin embargo, están en todo su derecho de no usarlo con sus perros. El caso es que si no usas uno de estos collares de acero, deberías darle a tu perro un doble collar. Una de las causas más frecuentes de perros perdidos es «Se rompió su collar… en donde traía su placa». Es decir, si el mismo collar de donde cuelga su placa de identificación es de donde lo jalas, en un arranque de emoción, podría romperse, con lo que tu mascota saldría corriendo sin datos para que lo encuentres. Un collar suave de tela no le es molesto a un perro, después de un día se acostumbrará a dormir con él y traerlo siempre. Así, sólo cuando salgas a pasear le pones el otro (o una pechera, cómoda, aunque más tardada de poner y quitar) y en caso de que se rompa, siempre traerá su placa colgando. (En el caso de la pechera lo más común es que se rompa el broche hacia la correa o la correa misma.)

4.- Que conozca la zona

Entiendo que para muchas personas en esta ciudad, el paseo no puede ser lo más largo y calmado del mundo, por sus ocupaciones, pero todos deberían intentarlo. En los alrededores de mi casa he visto vecinos que sacan a sus perros al jardín de enfrente y en cuanto hacen sus necesidades se meten a casa de vuelta. Si un día uno de esos perros llega a salir, le bastará llegar a la esquina para haberse perdido. Si tu vuelta de paseo es siempre lo más lejos que puedas de casa, le estarás dando tiempo a tu mascota de conocer la zona. Si pasea a tu lado cuatro, cinco, diez cuadras a laredonda, estará grabando olores, colores, personas, texturas y vueltas. En caso de que un día se aleje sin tí, tendrá más tiempo para darse cuenta y, al reaccionar, aún reconocerá la zona, por lo que tratará de regresar a tu casa y probablemente tenga éxito.

5.- La socialización

Hay cientos de motivos por los que un perro debe de socializar, y aquí hay uno más. El perro que es jalado o cargado por sus dueños en cuanto ve a otro perro, entiende que la cercanía de cualquiera es señal de alarma (por como te pones tú) y siempre será agresivo o huraño. Esto hará que el día que se encuentre solo en la calle, corra de un lado a otro en cuanto vea otro animal. Entre carrera y carrera, ya sea correteando o huyendo, se alejará de casa en un dos por tres, además de bajar de la acera descuidadamente y será difícil de agarrar por alguien, en caso de que quieran ver los datos de su placa. Un perro que socializa está equilibrado, es más feliz… y está más seguro.

6.- El amigo de todos

Si te es posible, llévalo contigo a la tienda de la esquina, a las afueras de la panadería, a la tintorería, a la cancha de juegos. El punto es que lo conozca Don Pepe el de la tienda, Doña Lucha la de las quesadillas, los chavos que siempre están jugando basquet… que sepan su nombre, que realmente lo conozcan y que vean que nunca está sólo, así como lo mucho que lo quieres. De esta forma tendrás aliados en caso de que desaparezca y habrá más de uno con la chance de detenerlo en el camino, antes de que se aleje más. Incluso, si alguien en una tienda es especialmente amable con los perros, puedes llevarlo y comprarle dos pesos de croquetas cada que vayas, que las coma ahí. Esto hará que si sale solo de tu casa, quizá vaya directo a ese lugar.

7.- El Microchip

A mucha gente le parece algo muy moderno, pero tiene casi 20 años de existencia comercial. El implante de Microchip es muy usado en perros de raza pura vendidos por criadores, pero se puede pedir para cualquier perro. Es diminuto e indoloro, pero contiene mucha información valiosa medicamente, así como los datos del dueño. No es un chip de localización satelital, pero si se extravía una de tus mascotas, un veterinario lo puede leer a la primera visita que lo lleve quien lo encuentre. Un invaluable método de cuidado que cualquier veterinario te puede decir en donde adquirir.

8.- Entérate de la tecnología

Actualmente existen collares con chips como los de un celular, a cuyo número les mandas un mensaje de texto y el collar te rebota una coordenada. Esta la introduces en una página de internet y tienes su ubicación. ¿Carísimos? Para nada, tienen costos que estoy seguro pagarías cualquier día por verlo regresar en caso de que se extraviara. Un buen ejemplo en México de esta tecnología es la empresa GPetS, localizables en www.dondeestamimascota.com o al 12515951.

Y de ahí pa´lante… hay collares, como los de la marca INNOTEK, con sensores que se colocan en la puerta y le dan un toquesito de electroestática (como el que sientes cuando un globo se carga de electricidad con tu cabeza) cuando se acerca a donde ya no debe. Sensores de movimiento que emiten un sonido inaudible para nosotros pero molesto para ellos, en fin… hay más cosas de las que imaginas, sólo no tienen la publicidad necesaria. No dejes de investigar.

Por encima de todo está tu precaución. Nunca los dejes sin correa, a menos que sea un espacio cerrado con una sola salida que puedas controlar. Un perro puede vivir por siempre caminando con correa, siempre y cuando le eches ganas y camines a un buen ritmo. Es muy cómodo sentarse en una banca a verlo correr, pero es más benéfico para ambos si no te sientas y caminas a su lado. Sólo hace falta un descuido para que tu perro «genio» se dé una vuelta equivocada y no te encuentre, si eso coincide con una breve distracción tuya, tendremos un nuevo perro callejero. Cuida puertas y ventanas, no pongas muebles cerca de donde pueda salir, vigila haber cerrado todo bien antes de salir de casa, piensa en su seguridad siempre.

Si tienes alguna recomendación más, no dudes en platicarnos, pues de hecho, este listado lo hemos armado con base en las experiencias de algunos radioescuchas, quienes nos comparten lo que «hubieran» hecho, esperando que tú nunca pases por el trago amargo que ellos pasaron al extraviar a su querido miembro de la familia.

 

Archivo Muerto. Las cosas que olvidamos.


La humanidad, la sociedad, tiene un mal que le aqueja desde adentro constantemente, estropeando su camino y su avance, entorpeciendo su propio crecimiento y mejora. Nuestra sociedad conoce bien dicha enfermedad, se llama Memoria Corta.

Es falso cuando autoridades corruptas o grupos de poder dicen que los casos de abuso animal le importan a «pocas personas», lo que sucede es que muchas veces, conscientes de nuestra enfermedad, esperan un tiempo prudente para reaccionar a nuestras exigencias, sabiendo que la efervescencia de la indignación y el coraje, es momentánea, efímera.

Para un enorme número de personas, el abuso animal, como muchas formas de abuso, son cuestiones que les importan, pero que no guardan en su agenda personal.

Es de triste risa ver cómo al día siguiente de un caso de abuso flagrante, se crean grupos en redes sociales que están «en contra» y más que eso. Son grupos de indignación, de reacción, en donde se vierten cientos y a veces miles de comentarios hartos de estas formas de degradación humana (porque no se degrada a los animales, a ellos se les lastima, se degradan los humanos al mostrarse capaces de esos niveles pueriles de acción).

Y digo que esto es de triste risa porque dicho asunto sucede al día siguiente… la semana siguiente… acaso el mes siguiente… y después disminuye en enorme medida.

¿Qué ha pasado con los asesinos de «Callejerito», aquel perro callejero que fue usado como presa de caza ante dos perros de pelea, instigados por enfermos mentales adolescentes?

¿Que fué del «Mata-gatos» de Sinaloa, aquel muchachito estúpido que sencillamente quemó vivo a un gato y lo filmó en compañía de otros criminales de su edad?

Por supuesto que no se han quedado completamente aislados ninguno de estos casos, existen personas, grupos, verdaderos luchadores que han seguido cada uno de estos hasta el día de hoy, pero la «gran masa» que reaccionó en su momento a estos dos casos de insoportable violencia comprobada, se desvaneció ante la «falta de resultados».

Es decir, como no se castigó y corrigió el problema en los días subsecuentes al hecho, consideraron inútil mantenerse al tanto, y después… simplemente lo olvidaron.

No quiero decir con esto que sigamos persiguiendo a estos sujetos con notables deficiencias de socialización, pues es una persecución estéril y que sólo engendra rencor. Digo que debe seguir siendo un punto a tratar en la agenda personal de los miles que reaccionaron en el momento, la presión hacia las soluciones DE FONDO, sería más útil.

¿Qué piensa un gobierno al que le llegan estas quejas? Regularmente dejan pasar un tiempo, soportan alguna manifestación… y regresan a sus actividades normales. La masa que no se organiza y no presiona, no es un tema para preocuparse, así que tomarse el tiempo para sentarse a discutir reformas de ley que castiguen SEVERAMENTE estos casos de abuso, es una pérdida de tiempo y presupuesto.

¿De verdad creemos que están muy ocupados en otras cosas?

Ya bastante hemos hablado de cómo un caso de abuso y violencia contra una animal se refleja en el futuro de una sociedad, a través claro, del futuro comportamiento de sus perpetradores.

Entonces ¿por qué no es una agenda urgente de nuestras autoridades? Estamos hablando de corregir una ley, no de construir un puente de concreto. ¿Cuánto se tiene que tardar y gastar en planear, modificar y publicar un ley?

Esto no es cosa del cansancio gubernamental, sino del enfoque que les importa. Si la gente presiona sobre un mismo tema durante uno, dos, tres meses, seis meses, un año… entonces son temas que merecen ser vistos, pues puede que se reflejen en las próximas elecciones.

Si un tema dura dos semanas, un mes… y desaparece, entonces no vale la pena desgastarse mucho, pues deben enfocar baterías en su próxima campaña.

Esta enfermedad de la memoria corta nos está entorpeciendo demasiado. Nos estorba, nos retrasa, alenta nuestro crecimiento como sociedad, amenaza con ignorar el mejoramiento de las nuevas generaciones.

Hoy está reciente el caso de Pulga, la perrita que fue rescatada de las calles, rehabilitada, entregada en adopción y maltratada nuevamente, por un sujeto que fingió, actuó y mintió para tenerla y luego llevarla al borde la muerte. Necesitamos otra modificación al respecto.

En las leyes «para humanos» no castigamos igual a un asesino «ocasional», derivado de una riña o un accidente, como a un asesino «premeditado», que planeó un objetivo y lo ejecutó con dolo y ventaja.

El caso de Pulga es similar. Si debemos modificar la ley para castigar a quien lastime a un animal de manera «ocasional», debemos ser más duros con quien lo planea, pide la potestad de una animal, miente, y al final lo lastima peor.

Para todo esto necesitamos reactivar el archivo muerto y sanar nuestra memoria corta. Tenemos que reconvocar a la gente a los casos que NO SE HAN RESUELTO. Una multa, una amonestación y la queja pública no son suficiente castigo, mucho menos una SOLUCIÓN.

Necesitamos la participación de todos. Quiero su respuesta. ¿Estamos?