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Animales en los medios. Show vs. Ciencia.


colmenares@animaliamagazine.com

Con cada llegada de nuevas tecnologías, nuestro mundo cambia. A la llegada de la imprenta, el mundo se adaptó, tomando sus ventajas y sufriendo sus riesgos. Luego a la llegada del barco de vapor, del telégrafo, del teléfono, de la electricidad, la radio el cine, la televisión, la computadora o la internet.

A cada paso que la humanidad ha dado, las adaptaciones de las sociedades han sido obligadas por una necesidad de explotación y velocidad, a riesgo de que otros lo hagan antes, con otros fines.

Mucho se podría discutir lo que las líneas telegráficas ayudaron a las guerras, el desarrollo de gases venenosos, de la aeronáutica y la energía nuclear. Pero así también se puede hablar de los resultados obtenidos y del aprovechamiento tecnológico para las artes, para la difusión masiva del conocimiento o para la ayuda internacional en tiempos de desastres.

Así pues, cada desarrollo depende de la persona que lo aprovecha y la intención con la que es explotado. Los medios de comunicación masiva, entre los que el conocimiento popular coloca a la radio, televisión e impresos (periódicos y revistas), no han vivido una historia diferente.

Mientras algunas personas los dedicaron enteramente al seguimiento de acontecimientos sociales de índole noticioso, otros lo hicieron a los espectáculos, a los pasatiempos, los deportes, la divulgación científica o el mundo natural.

Lo cierto es que, durante muchos años, quizá casi todo un siglo, los medios masivos estuvieron en manos de unas cuantas personas que podían decidir el rumbo que se tomaba. Los periódicos se monopolizaron en manos como las de William Randolph Hearst, Joseph Pulitzer y otros tantos. El cine fue presa de las grandes corporaciones, después de las disputas de origen entre los Lumiére, Meliés, Pathé y Alva Edison. La Televisión prácticamente nació en contadas manos poderosas, de cuyos monstruos monárquicos aún no ha sido extraída.

Entonces pues, las tendencias de información y de los contenidos mediáticos siempre han estado lejos de ser lo que la gente quiere, tanto como ser lo que los dueños deciden.

Y en este escenario hostil, complicado y agreste, unos cuantos necios fueron cosechando semillas de interés natural y animal. Con paciencia, tenacidad y un poco de utopía en sus ideas, algunos apasionados de la biología, de la exploración, de la medicina veterinaria o sencillamente apasionados de la vida, construyeron los cimientos de la Naturaleza Mediática, que a nuestra generación ha tocado poder explotar y disfrutar, con la enorme responsabilidad de no dejarla desvanecer.

A muchos nos puede parecer natural, común, ver programación sobre exploración, sobre especies animales, sobre rincones poco pisados por el hombre, pero no siempre fue así.

Muchos anónimos explotaron este interés con resultados íntimos, a veces enlatados durante mucho tiempo, carentes de afán comercial y plenos de deseos artísticos. Así como Franz Marc decidiera plasmar casi por exclusivo animales en lienzos coloridos, algunos camarógrafos y exploradores decidieron alejarse de las estrellas de vodevil y la luz de las candilejas, para capturar a estrellas y protagónicos cubiertos de pelos, escamas o plumas.

Décadas de imágenes hermosas, carentes de un mecenas que las convirtiera en económicamente viables, pasaron inadvertidas y casi incógnitas para la mayoría de la población mundial, que asoció a la cámara mágica de la televisión con la productora de semidioses humanos. Galanes y princesas, villanos, héroes y líderes de opinión, cubrieron el espectro completo de la programación mediática.

Sería necio y un gran riesgo pretender hacer un recuento de todas las personas que han estado interesadas en llevar animales y naturaleza a las pantallas, pero por supuesto algunos nombres tienen un sonido más familiar para una mayor parte de la población, gracias a que su necedad y pasión coincidió con una buena recepción, la confianza de algún empresario y el gusto masivo, que les permitió hacer su trabajo de conocimiento popular.

A mi cabeza viene, siempre, la imagen de un delgado y sonriente navegante Jacques-Yves Cousteau, como uno de los primeros que me entregó, siendo niño, animales bidimensionales, que jamás habría imaginado. Tuve la fortuna de oír de su voz (traducida, pero en mi cabeza ESA será siempre su voz) cómo se comportaba un tiburón, antes de que un director fantasioso me diera un estereotipo del asesino marino. Conocí con él a seres que parecerían de otro planeta, como la medusa o el pez piedra, y aprendí de coexistencia con la anémona y el pez payaso.

Las noches de Costeau, programadas por la escueta televisión nacional e impulsadas por mi genial padre, se hicieron parte de mí a la par que las cientos de caricaturas y programas infantiles. Y afortunadamente no sólo fueron Costeau y papá.

Estaban en la televisión también Odisea Burbujas, con Mafafa la lagartija, Mimoso Ratón, Patas Verdes el sapo y Pistachón Zigzag (responsable de que no corriera, de niño, de los abejorros). Estaba María Elena Hoyos, necia a salir en televisión con su chimpancé en brazos. Estaba el gato GC, que con la ecología luchaba en contra de la ignorancia o los serios documentales de la BBC, en donde aún puedo ver a la lagartija corriendo por el desierto.

Y luego llegaron las explosiones mediáticas que no podía creer, como el nacimiento de Discovery Channel, en 1985 (aunque México no lo vería más que por televisión de paga muchos años después) y su rincón especializado, Animal Planet, creado en 1996. Con éste último, la aparición de maestros del freeanimal-show, como Steve Irwin, Jeff Corwin, el más reciente César Millán y hasta Zaboomafoo.

Se puede o no estar de acuerdo con algunas de las técnicas que utilizan, pueden ser objeto de crítica, estos programa y muchos más, pero lo cierto es que su popularidad, tenacidad e insistencia, han abierto los ojos corporativos hacia los animales y la naturaleza, otorgándonos a nosotros, como público, la posibilidad de encontrar estos contenidos en donde regularmente sólo se hallan estrellitas y héroes ficticios.

Hoy, cómo público, tenemos la opción de acceder a ellos y como ciudadanos globales, la obligación de hacerlos un consumo frecuente, para demostrar a estas empresas que han tenido razón en su insistencia, que queremos que sigan de necios.

@pacocolmenares

@animaliamag

@redmascotamedia

El Natural camino a la Felicidad


El día de hoy, agradeciendo los comentarios que cibernautas nos hacen llegar cada día, les quiero compartir una parte de mi vida que, aunado a lo que trabajar para Red Animalia me ha enseñado, puede resultar muy útil para comentar con quienes no están del todo convencidos de las ventajas de amar a los animales.

Pero la intención no es darle mi opinión sólo a quien tiene hijos. También a quien tiene un hermano, un primo, sobrino, nieto o amigo. A todo el que conoce a un niño que justo ahora está descubriendo las razones para ser feliz.

La intención es platicarles una de mis razones de mayor peso para unirse a nuestra permanente lucha por hacer de este planeta, un mejor lugar para los animales, lo que poco a poco hará por fuerza un mejor lugar para los seres humanos.

Hoy mi padre cumpliría 60 años de edad.

Desafortunadamente, está también por cumplir 7 de haberse despedido de su forma física. Para muchos, si no todos, quienes lo conocimos, se fue muy pronto. Se fue especialmente joven para ser alguien cuya única filosofía inamovible era:

“La sonrisa es primero”.

Mi padre fue uno de esos inusuales híbridos, mezcla entre un Boy Scout y un Ejecutivo. Trabajó toda mi vida consciente como Gerente en varias empresas, pero siempre llevaba por dentro un profundo amor por las cosas gratuitas del mundo: besar a su mujer, estar con su familia, reír con sus amigos, jugar con sus hijos, salir a pasear con sus perros.

Literalmente perteneció a esa, cada vez más escasa, raza de niños exploradores, que al tiempo que aprendieron el valor de un 10 en matemáticas, sabía hacer un nudo ciego, prender una fogata sin encendedor y ubicar el norte con sólo ver el musgo en la base de los árboles.

Nació en una casa cómoda, planeado y deseado, como sus otros 4 hermanos, pero resultó de alguna forma, el adolescente rebelde de todas las historias. No compartía la férrea disciplina para el estudio de su hermano mayor, pero mi abuelo tenía sobre él las mismas expectativas. Si bien jamás reprobó una materia, combinaba la escuela con su amor por los deportes, por acampar y por las cosas manuales, como la carpintería.

Sobre todo lo primero, nunca fue bien visto por su padre, quien equiparaba al basquetball, que tanto adoraba papá, con “vagancia”. Mi padre llegó a ser seleccionado de esa “vagancia” por la Prepa 6 para el torneo nacional, al que nunca acudió, pues mi abuelo lo encerró en su cuarto la noche anterior mientras dormía, hasta pasadas las 10 de la mañana, hora en que el camión de la Selección saldría hacia el torneo.

Aún con todo eso, no recuerdo a mi padre como un hombre de rencores, y él nunca recordaba al suyo con dolor. Lo recordaba como un hombre de otra generación y otra educación, al que entendió tiempo después y al que perdonó casi de inmediato.

Seguro por ello es que fue el maravilloso padre que resultó ser. Jamás nos presionó, a mi hermana o a mí, a hacer algo que no quisiéramos, mientras apoyaba cualquier locura (especialmente de su servidor), por temporal y efímera que esta fuera.

Pero por encima de todo, siempre apoyó la filosofía que les comenté al inicio: la sonrisa es primero.

Decía que si algo NO nos hacía felices, no debíamos considerarlo una prioridad. Por supuesto debíamos saber identificar la diferencia entre “no me hace feliz” y sencillamente “me da flojera”, por lo que hacer la tarea no estaba en negociación. Pero si cumplíamos con nuestro deber, mi querida hermana y yo eramos libres de hacer lo que quisiéramos.

Claro, él también lo era, por eso me compró un Atari 2600 cuando había salido el Super Nintendo. Se resistía a darme las “opciones de moda” cuando consideraba que estas me enclaustrarían en mi cuarto (cosa riesgosamente cierta). Por eso antes de un videojuego, se la pasó enseñándome todo lo que como Boy Scout lo entretenía. Me enseñó a diferenciar una hortiga venenosa de una enredadera, a identificar a las arañas venenosas de las inofensivas, me enseñó el truco del musgo para orientarme… y sobre todo me enseñó la maravilla que implicaba un organismo vivo.

Pasamos varias tardes leyendo libros sobre perros o aves. Me llevó un video (sí claro, en Beta) de Larry Casanova, el “Encantador de perros” de mi infancia, el que corrió tanto que se desgastó la cinta. Me acompañó a recolectar Hormigas Rojas para hacer mi colonia (unas 20 veces, porque nunca recolecté a la Reina). Me compró tortugas japonesas desde los 3 años y canarios a los 5. Cuando vivimos en un pueblito en Jalisco, me dió un Husky Siberiano que murió de parvovirus y a la semana de eso trajo un Pastor Alemán que estaría conmigo los siguientes 8 años de mi vida. Al mismo tiempo me dejó comprar 3 hámsters, salvar a un pollo que corría por la calle y mantener a mi tortugota “Leonardo”.

Una mañana amaneció un perro mestizo enano bajo su auto y me dejó sumarlo a la heterogénea manada. Con Skipy, el mestizo Bunyip, Leonardo, mis 3 hámsters y 1 pollo, me hizo olvidar los videojuegos. Pero sobre todo, me enseñó que la felicidad estaba ahí, en mi casa.

Mis primeros desencuentros amorosos los sobrepasé en el patio, llorando junto a Skipy y Bunyip. Lo que hubiera sido mi primer encuentro con un asaltante, se frustró cuando este se dio cuenta que iba paseando a mi Pastor Alemán. En mi cumpleaños, el 25 de diciembre y el 1 de enero, Papá dejaba dormir a Skipy en mi cama, como “regalo” furtivo (por que mi mamá ni cuenta se daba).

Cada que le platiqué de algún perro callejero, me alentaba a que lo ayudara, como aquella perrita Sharpei que encontré en CU en muy mal estado y que murió una semana después en la sala de mi casa.

Un día de Noviembre de 2003, papá se fue, tras pelear sólo 3 meses contra una de esas enfermedades invasivas.

Casualmente, esos días eran parte de una época en mi vida sin animales cercanos.

Papá vivía con mi madre en Monterrey, por su trabajo, mientras mi hermana y yo vivíamos aquí, por la Universidad. Por alguna razón yo había ido olvidando el valor de la presencia animal en mi vida y estaba muy concentrado en la escuela y los nuevos trabajos.

De nada sirvió el éxito profesional, el académico o el económico. El golpe fue devastador y por poco, también para mí, mortal. Perdí a mi padre, me convertí en el “hombre de la casa” y estaba más solo que nunca.

Mis amigos y familiares me apoyaron, claro, pero al regresar cada noche a mi cuarto, era como sentarme en medio de una caverna gigantesca, oscura, vacía. Era esa soledad que duele, que ahoga, que te aterra y te grita en los oídos hasta que te quedas dormido.

Y entonces… tras casi 15 meses de vivir así, un día apareció un Labrador Chocolate que buscaba hogar. En cuanto lo ví a los ojos nos reconocimos. Sabíamos que nos habíamos encontrado después de años de buscarnos sin conocernos. El mismo día lo subí a mi auto, sin temor a manejar con un perro grande al lado. Él se sentó como si siempre hubiera viajado con la cabeza en mi hombro.

Recordé poco a poco, casi de manera inconsciente, que la felicidad estaba ahí, que “la sonrisa es primero”. El hueco que había dejado mi padre se fue llenando, pero no con la presencia de Choco, sino con el recuerdo de lo mejor que me había dejado Papá: la felicidad gratuita. Ver a mi  perro al despertar cada mañana me hacía sonreír casi en automático, salir a caminar con él me daba

ganas de empezar el día. Tenía con quien platicar cada noche y a quien abrazar antes de dormir.

Dos años después llegó a mi vida una perrita mestiza, le siguieron una tortuga, otra perra mestiza, una poodle, otra tortuga y, hace un par de meses, un chihuahua.

¿Se necesitan 5 perros y dos tortugas para ser feliz? No, claro que no, depende de cada uno, el número ya fue exageración mía,. Lo que sí resulta muy importante es fincar la felicidad en algo que valga más la pena que el dinero, las fiestas, el trabajo o el éxito profesional.

Claro que no es malo el esfuerzo por un gran trabajo, por un mejor puesto o por un mejor sueldo… pero honestamente no es nada sano que sea ESA la razón de la felicidad. Sobre todo, porque muchas de esas cosas no dependen de nosotros mismos únicamente.

En este mundo, es cada vez más complicado ese mal llamado “éxito”. Condicionar a alguien a buscarlo mientras se busca la felicidad, es condenarle a una presión absurda, así como a una estadísticamente riesgosa depresión. Hay que hacer algo que amemos, o aprender a amar lo que ya hacemos, si con ello viene el aplauso, el reconocimiento o el dinero, será un extra que agradecer, pero hay que dejarle la felicidad a las cosas gratuitas de la vida.

Si una persona puede ser feliz al lado de otra, sentada en un parque, platicando, ESO es éxito.

Si el gesto de un niño al descubrir las cosquillas te hace feliz, ESO es éxito.

Si la mirada de un perro por la mañana te hace feliz, ESO es éxito.

Si te hace feliz ver un gato jugando, una tortuga siguiendo tu dedo tras el vidrio, un ratón comiendo una semilla, un pez payaso escondiéndose, dos aves cortejándose… ESO es éxito.

Eso me lo enseñó mi padre, y fue el regalo más grande que me pudo hacer. Mi días más oscuros existieron cuando lo olvidé y la luz regresó de la mano de un perro café.

Ojalá todos tengan la oportunidad de ser así de felices. Se los deseo de todo corazón.

Y hoy a 60 años de haber nacido, digo lo que quizá debí decir cuando me escuchaba físicamente (porque su energía seguro sigue rondando por aquí):

Gracias Papá.

Prefiero exagerar por un gato.


Nuestros tiempos modernos han acercado tanto a la gente en el mundo como a la información que genera. Internet, como el máximo exponente de la globalización mediática, pone a nuestro servicio millones de datos, anécdotas, vídeos e imágenes nuevas cada día.

Yo, honestamente, creo que esa es la razón por la que vemos últimamente tantos casos de abuso animal, como los de Sinaloa, Michoacán o, el de esta semana, la británica que tira un gato a la basura.

No creo, como el optimista Aguilar – Camín, que la violencia sea mediática, exacerbada por los medios. Al contrario, creo que antes de la Era Internet existían los mismos o más actos de abuso (en nuestro campo, abuso animal), sólo que con las distancias, quedaban en la impunidad del anonimato.

Hoy hay cada vez menos lugares en donde al menos UNA persona no cuente con un celular con cámara. A esto se le añade una computadora con internet y tenemos una nueva celebridad en el mundo del abuso.

Traigo todo esto a colación, porque con el caso reciente de la mujer que pone al gato en el bote de basura, comienza la nueva andanada de discusiones sobre derechos: Derechos humanos vs. Derechos animales.

Desde luego creo que la mujer, bromeando o no, metió a ese gato a la basura en un acto de estupidez que merece un castigo y debe ser un ejemplo. Tampoco estoy de acuerdo en que se le deba dilapidar o quemar en la hoguera, pero sí que su castigo debe ser ejemplar, debe ser tan severo que ella no vuelva a pensar algo así, pero sobre todo, que todas las personas que se enteren piensen dos veces antes de siquiera hacer un nuevo “¡Shu!” o un “¡Sáquese!”

Europa siempre se ha distinguido por poner el ejemplo en cuanto a la legalidad y la severidad con la que se castigan las infracciones, será quizá que transitaron antes que nosotros por edades oscuras en las que la podredumbre humana era una cualidad casi de la realeza, no sé, pero es innegable que los países de Europa Occidental siempre dan la nota en cuanto a castigar cosas que en otros lugares se ven como “menores”.

Hace no mucho un par de muchachos imbéciles en Francia fueron a dar a la cárcel por quemar a un perro, se les puso una enorme multa y la incapacidad de poseer una animal por el resto de su vida. En España se sigue meditando el castigo para un hombre que a pedradas le fracturó la mandíbula a un perro, lo que podría representarle un año encerrado.

Ahora le toca a Inglaterra poner el ejemplo con esta mujer.

El caso parece menor (incluso la doña dijo “Es sólo un gato”) y a los ojos de muchos, la rabia de la gente Animalista es exagerada. Tomando como punto de partida que golpear a la mujer aún no sucede y todo se ha quedado en ganas, me parece que la reacción se va volviendo natural, común… normal.

El mundo entero, como si se tratara de cumplir la profecía maya, ha entrado en una vorágine decadente, conflictiva y violenta que parece lejos de resolverse. Los pobres culpan a los ricos, los ricos al gobierno, el gobierno a los países vecinos, los países vecinos al país desarrollado y el país desarrollado a los pobres.

Algunos, quiero creer que la mayoría, saben en el fondo que “el gobierno”, “las instituciones” y “las empresas” son entes imaginarios y que las acciones acaecidas dentro de estos conceptos son realmente realizadas por seres humanos, y no por una entidad mágica.

Como tal, entonces sabemos, sentimos, que somos nosotros mismos los podridos y nosotros los que tenemos que cambiar.

La gente animalista está en esa línea. La mayoría sabe que para cambiar al mundo humano, hay mecanismos, la mayoría engorrosos y burocráticos, que se deben usar para no empeorar las cosas. Sin embargo, sabe también que en el mundo animal se sigue viviendo bajo la ley del más fuerte, y en dicho rubro, el animal siempre pierde.

Cada semana hay un nuevo caso de abuso contra los animales y cada semana hay un reacción más furibunda de parte de los defensores. ¿Por qué? ¿Estamos exagerando? ¿Somos el simplismo al que le llaman Pet-Lover, Animalista, Ecologista? ¿Somos en verdad un montón de hippies  en sandalias encadenándonos a los tractores que amenazan el Amazonas?

Nada más lejos.

Quienes reaccionamos así por el maltrato animal, trabajamos, comemos, vivimos y consumimos como todos. Somos como cualquier otro ciudadano, muchos trabajamos (para vivir, por un sueldo) en cosas totalmente alejadas de esto que defendemos. Y porque estamos como cualquier otro en esta sociedad, es que reaccionamos así, es que nos preocupa tanto.

No tenemos los medios para luchar contra el crimen humano, así que seguimos los mecanismos sociales y esperamos su respuesta.

No podemos hacer mucho contra las decisiones de las empresas multimillonarias.

No manejamos Wall Street, el Banco Mundial. No movemos el Dow Jones ni nos dejan hablar con Obama o Calderón.

Sin embargo, sabemos que los narcotraficantes no son amantes de los animales, que los criminales ganan más dinero apagando vidas (de cualquier especie) que cuidándolas. Sabemos que Donald Trump no está tan preocupado por la belleza de la mariposa monarca como por la de su utilísima Miss Universo. Sabemos que hasta Rico Mc Pato prefería guardar una moneda en su bóveda antes de dársela a otro patito hambriento.

Y porque sabemos eso, sabemos que tenemos que hacer lo que SI podemos. Sabemos que podemos educar mejor a nuestros hijos y, quizá, hacer reflexionar a nuestros padres.

Sabemos que si la mayoría de la gente fuera capaz de respetar y apiadarse de la vida de UN perro, tendría una visión diferente a la hora de acabar con miles de empleos, pagar miserias por jornadas de doce horas… y claro, a la hora de pensar en matar a otro hombre.

Nos preocupa y enoja tanto que maltraten a UN animal, porque nos recuerda que la podredumbre interna que nos tiene en este precipicio empieza en las bases, en los instintos. Sabemos que con cada patada a un perro se da permiso para ocho golpes a un niño, que por cada gato incinerado se da permiso de ocho balazos a un padre de familia.

Cada maltrato animal nos recuerda que el peor mal de este planeta somos nosotros, que el peor enemigo del hombre es el hombre, que el sentimiento más riesgoso es la insensibilidad.

Y por eso es que si la reacción es exagerada, sólo puede ser contenida con leyes que realmente nos sirvan. Leyes, autoridades y castigos que le enseñen a las nuevas generaciones a ser sensibles, a respetar la vida.

Si ponemos como ejemplo a un muchacho idiota que quema vivo a un gato, dándole 1 año de cárcel, 5 años de servicio a la comunidad, una multa de 100 mil pesos y la obligación de someterse a un tratamiento psiquiátrico, él y todos sus “amiguitos”  la van a pensar dos veces la próxima vez que vean a un animal cualquiera caminando por la calle.

Pedimos justicia, acción y leyes severas,  porque nos urge mejorar algún aspecto de nuestra vida, proteger lo poco que queda limpio de este mundo, cuidar la última conexión que tenemos con este planeta, propagar la idea de que cualquier vida tiene un valor específico en este universo.

No nos pidan que nos calmemos a la hora de exigir justicia, no nos digan que es intrascendente la vida de un gato; sobre todo, no nos pidan que nos preocupemos por otras cosas como… el futuro… o sus hijos… porque eso es lo que estamos haciendo.

¿Y por qué amar a otras especies?


Cuando los antropólogos, geólogos o cualquier estudioso de la historia del planeta hablan sobre la existencia de la tierra, la vida o el hombre, generalmente se refieren a cifras que contemplan los millones de años.

Sin embargo, algunos cálculos proporcionales han llevado a trasladar, a manera de ejemplo, la existencia de nuestro famoso tercer planeta a un lapso de 24 horas.

Es decir, si la tierra hubiese comenzado con el primer segundo de un día y nosotros estuviéramos, justo ahora en las 12 de la noche en punto, al final de ese mismo día.

De tomar esta proporción, estaríamos diciendo, por ejemplo, que la vida surgió a las 3 de la mañana, como organismos simples, unicelulares.

Hacia las 5 de la mañana comenzaría el origen de las plantas, es decir los primeros organismos fotosintéticos y hasta la 1 de la tarde, aparecerían los primeros organismos que respirarían propiamente aire.

A las ocho y veinticuatro de la noche aparecen los organismos pluricelulares y a las 9:18, los primeros peces.

De ahí comenzaría la darwinista evolución, aparecerían los anfibios a las 10 de la noche y los primeros mamíferos al 5 para las 11. Los primeros simios aparecerían hasta las 11:50.

¿El primer hombre? Sólo hasta las 11:59 de la noche en punto.

Es decir… el hombre, la especie que evolucionó lo suficiente para formular preguntas y respuestas, lenguajes, herramientas y arte, ha existido en esta tierra durante un minuto de todo un día. Y en algún punto de ese minuto… comenzó a olvidar su origen.

En ese lapso el hombre se desarrolló, domesticó a otras especies, a las que separó de si mismo denominándolas “animales”, aprendió a usarlas para su beneficio y a alimentarse prácticamente de todas ellas.

Y después… una gran parte de esta pobladísima especie humana… comenzó a dejarlas de amar.

Su mente adoptó lo que conocemos como Especieísmo, centrando la existencia del Planeta entera en sí mismo. Es decir, sin mí, la tierra y las demás especies no tienen razón de existir.

Truculenta la mente del hombre, le hizo entonces creer que era amo y señor de la vida misma. Que podía disponer a capricho de la vida de todas las demás especies. Y peor aún, que podía justificar esta acción con su razón, con su ventajosa inteligencia. Lo vio como un derecho de especie. Un derecho divino.

Cuando comenzamos este reportaje, nos preguntábamos como hablar del por qué amar a los animales.

Conforme avanzamos en nuestra investigación, nos dimos cuenta de algo más importante. ¿Por qué aprender a hacerlo, primero? ¿Por qué y para qué amar a otras especies, si somos nosotros la especie que confronta los problemas y soluciones? Si somos nosotros los que sustentamos el girar de este planeta.

Y al tratar de respondernos, entendimos que no se trataba de profesar amor o amistad a otras especies. Hablábamos de mar y ser amigos de nosotros mismos.

Muchos estudios han demostrado que la ausencia de la especie humana en cualquier zona del mundo, implicaría una lenta pero constante recuperación de los ecosistemas. Las especies animales recobrarían número, las plantas se multiplicarían y alimentarían a unos, que a su vez y en su ciclo, alimentarían a otros.

Sin embargo, la ausencia de otras especies en nuestro planeta, está significando una fuerte crisis de equilibrio natural.

Es decir: sin nosotros, las demás especies sobreviven. Sin las demás especies, nosotros no.

Al “hacerles el favor” de amarlas y cuidarlas, estamos amando y cuidando una gran parte de nuestra existencia.

Es como cuidar nuestro estómago, aunque sintamos que el cerebro es el que controla todo. Es cuidar las piernas, aunque sean los ojos los que nos permiten ver el camino.

Amar a las demás especies, o respetar su vida, al menos, es hacer nuestra parte para que futuras generaciones no tengan problemas más serios, como escasez de recursos, falta de alimentos, aguas contaminadas por microorganismos que solían controlar los peces, plagas de insectos que controlaban ciertos reptiles… etcétera.

Enseñar a nuestros hijos desde el inicio de su vida la importancia de amar a los demás serés vivos, es enseñarles a cuidarse a si mismos, amén de lo que además, representa para su desarrollo emocional.

Un niño capaz de pisar “bichos” sin compasión, puede sentirse omnipotente, poderoso, casi “dueño” de esa vida. Después matar un ratón no será tan difícil… un conejo… un perro pequeño… un toro… un león… un elefante… otro ser humano.

Sin ser extremistas o trágicos, realmente la sensibilización hacia la vida comienza con los pequeños organismos.

La vida de cada especie es tan compleja y requiere de tantos elementos en exacta confluencia, que desaparecerla de un balazo o un golpe es brutal, absurdo, pueril.

Amar a otras especies, es sin duda, el primer paso efectivo para convertirse a la postre, en una mejor persona.