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Leones. Reyes degradados por el espectáculo.


El verdadero rey, el símbolo de fiereza, honor, poder y dominio. Es el felino que ha marcado el imaginario de la humanidad desde que escuchamos el primer rugido.

Paco Colmenares

La gran Sabana Africana es un macro universo propio, de planicies gigantescas que pueden rebasar el imaginario de un hombre, horizontes que nunca llegan y montañas que jamás parecen acercarse, kilómetros y kilómetros de desierto y pastizales secos en donde el agua es un verdadero lujo. En esas condiciones agrestes sólo algunas bestias, las más capaces, han podido desarrollar un poder suficiente para llamarse súper depredadores.

De entre esas bestias, dos pertenecen al género Panthera, el leopardo y el rey de todas ellas, el que ha dominado a lo ancho y a lo alto el continente africano, e incluso hasta hace sólo unos miles de años, también América y Asia.

El león (Panthera leo) ha sido el símbolo de la dominación animal por encima de cualquier otra imagen o ícono de fauna. El león ha estado presente en la historia de la humanidad desde que nos encontramos por primera vez. Desde las pinturas rupestres de las cuevas de Lascaux, hasta la biblioteca de Nueva York, pasando por prácticamente todos los emblemas, estandartes y escudos heráldicos en que las familias reales quisieron tener al león como representante, para equiparar, si es que era posible, su poder, su valentía, su gallardía y la imagen de dominación que tenía este gran felino en su hábitat natural.

El camino del León

El género Panthera, en donde se encuentran los 4 felinos más grandes, (el tigre, jaguar, leopardo y león), se extendió por toda África y América, gran parte de Asia, algunas partes de Europa, e incluso, aunque nos parezca difícil imaginar leones andando por el norte de México o Estados Unidos y Centro América, una especie de león existió y dominó esos territorios, el Panthera leo atrox, que en términos paleontológicos vivió hace muy poco, aunque en términos prácticos significan unos 10 u 8 mil años. De hecho el Panthera leo atrox era aún más grande que el león actual. Dominaba y solamente competía con las especies antiguas de puma y con el otro gran antecesor del depredador actual, el Oso de Cara Corta o Oso Arctodus.

Hoy, los leones africanos viven sobre todo en la África subsahariana, excepto en las zonas completamente desérticas y en las de bosque lluvioso. Los leones han incluso desaparecido de algunas zonas y han sido reintroducidos gracias a este esfuerzo conservacionista de algunos grupos, como lo que sucede en el Parque Nacional Kruger y el Parque Nacional Kalahari, así como algunas otras áreas protegidas. Además de los leones africanos existe una subespecie, el León Asiático (Panthera leo pérsica), que con mucha dificultad subsiste aún en el noroeste de India.

Los leones africanos dominan las planicies de la sabana, especialmente en donde el alimento abunde y con mayor importancia los ungulados (todos aquellos que tienen pezuñas), en grupos que puedan cubrir y satisfacer sus necesidades de alimentación. En estas condiciones óptimas los leones son el depredador más eficiente, aunque sólo el segundo más abundante, detrás de su eterno y gran competidor: las Hienas Moteadas (Crocuta crocuta).

Esta relación de depredación y competencia ha sido siempre tan compleja que los ha llevado a ser retratados, por supuesto, en películas animadas o cuentos orales que los presentan a veces como amigos, a veces como súbditos y a veces como francamente enemigos. Algunas veces luchan entre sí con cierta fiereza, con riesgo a que las hienas salgan muy lastimadas u ocasionalmente muertas, pero eventualmente las hienas parecen aprender, sobre todo algunos grupos que se ubican en territorios donde los leones abundan un poco más, la importancia de cuidar y trabajar en equipo con la otra especie.

Leones blancos y leones negros

En algunas poblaciones de leones ocurre un fenómeno sumamente interesante y que ha admirado notablemente a los seres humanos que se han topado con ellos. Se trata del leucismo, un fenómeno genético en el que un gen recesivo se hace presente dando una coloración casi por completo blanca. Los leones blancos no parecen tener registro ni siquiera en las tradiciones orales de la antigüedad, tan rara ha sido su aparición que sólo hasta el siglo pasado, entre 1930 y 1940 se registraron los primeros reportes, y oficialmente hasta la década de los 70, se pudo tener un registro fotográfico de ellos. Actualmente se tienen ejemplares incluso en cautiverio, con lo que se ha podido comprender además la diferencia entre su condición de leucismo y la que sucede en algunos otros animales que es el albinismo. Es importante no confundirlas, pues en el caso de leucismo no hay una hipersensibilidad al sol, lo que no los hace necesariamente individuos más débiles, al contrario, en este el pelaje tiene un albedo más elevado, lo que los protege más del calor y reflejan más los rayos del sol. En el caso del albinismo, generalmente se presenta con deficiencias en la piel y variación de color en ojos, nariz, patas e interior de las orejas.

Es curioso también notar que en el caso de los leopardos, suelen existir individuos con melanismo, que sería el contrario, pero no se ha registrado jamás un miembro con leucismo. En el león pasa lo contrario, podemos encontrar leones blancos, pero a diferencia de los mitos de internet, no se ha encontrado nunca un león negro.

Los leones tienen una estructura de dominación por coalición, es decir, no es solamente un león macho el que domina y se mantiene siendo jefe de la manada, realmente es el producto de una coalición con otros dos, tres o cuatro machos más que parecen estar de acuerdo en llevar, por así decirlo, a uno de ellos al poder. Poder que durará entre 2 y 3 años, difícilmente más. Mientras las coaliciones de leones sean más jóvenes y sean más unidas, la posibilidad de que este dominio se mantenga, evidentemente crece.

El macho que domina a la manada, el que llega a la cima en estos retos que se hacen constantemente, tendrá entre 2 y 3 años antes de que otro león más joven, junto con otra coalición de las mismas características, llegue a reemplazarlo, a él y a todos los machos de la manada. Estas batallas o encuentros para derrocar al antiguo rey y colocar a uno nuevo, probablemente se relacionan con tradiciones orales que han llevado a frases usadas entre los hombres, como “El Rey ha muerto, viva el Rey”.

Las manadas está unidas por las hembras que generalmente tienen una relación entre ellas. Son las residentes de cada manada y son las que se mantienen en el mismo territorio durante casi toda su vida. Las hembras no compiten por ocupar algún lugar en la manada en un sentido jerárquico. No les interesa la dominancia y se ha observado que dentro de los sistemas matriarcales de los animales, el de las hembras de león, es el más permisivo entre individuos del mismo género.

Mano y garra

El león ha estado presente en la vida del hombre prácticamente desde siempre; el encuentro de ambos no siempre ha sido amistoso y la mayoría de las veces el hombre desarrolló un miedo natural por encontrarse con estos grandes depredadores que, por supuesto, mientras más cerca de su hábitat natural están, son más efectivos.

En el antiguo Egipto se veneraban principalmente a las leonas, en la representación de Bastet o Menit. En las religiones judeocristianas y los emblemas bíblicos, se han representado al león en diversas circunstancias, como e incluso como una representación del mismo Jesucristo. El león aparece en los periodos Paleobabilónico y neobabilónico y es un motivo clásico que encontramos en estatuas, en formas talladas o imágenes. Así hasta los estandartes de la edad media, como el mismo escudo de Jerusalén, que tiene un león rampante delante del muro de los lamentos, y hasta el subcontinente indio, donde el león asiático ha sido simbólico para los cingaleses, la mayoría étnica de Sri Lanka.

Aunque actualmente hay muchas alertas sobre el riesgo de extinción de los leones, la mayoría de las poblaciones se ven dentro o cerca del rango de “estable”, en las zonas protegidas del continente africano. En el caso del león asiático las cosas son muy distintas y podría presentarse la desaparición total en un rango de 15 o 20 años si las cosas no cambian radicalmente.

En México muchas personas han visto un león. Con la tradición de circo que cubrió el país durante todo el siglo pasado, es muy probable que la mayoría de los mexicanos hayan visto a la distancia un león en la peor de sus facetas: ejecutando trucos y movimientos aprendidos a través de sistemas de castigos y recompensas. La imagen del león fustigado por el látigo, no es ajena para las generaciones nacidas antes del año 2000, pero gratamente esto se va haciendo cada vez más extraño con la entrada en vigor de la ley que prohíbe a los circos usar animales salvajes para espectáculo alguno.

Sin embargo, este movimiento legislativo puso en evidencia dos cosas. La primera es que la mala planeación sigue siendo otra gran tradición mexicana para la creación de leyes, y es que sin un esquema apropiado de entrega, registro y amortiguación del impacto, en cosa de algunos meses cientos de felinos salvajes fueron dejados a su suerte por sus otrora dueños, una vez que ya no podían obtener dinero con sus trucos; así que los “refugios” para estos animales se empezaron a improvisar o crear sobre la marcha, por lo que muy pocos han logrado tenerlos en un nivel óptimo.

La segunda, y más preocupante, es que aún así, la mayoría de felinos salvajes que son abandonados o “entregados” a alguna autoridad, no provenía de los circos. Una gran cantidad de estos son extraídos de colecciones particulares, adquiridos en su etapa de cachorro como un capricho de “mascota exótica”.

Jaguares. Dioses de Belleza Implacable.


Ojo de DiosCaminando en la profundidad del bosque tropical, no existe un punto de calma para tus ojos y oídos. De entre los altos árboles, de un verde intenso en las hojas y un ocre invadido de musgo en el tronco, emergen constantemente figuras, sonidos y colores que emocionan, sobresaltan y maravillan.

Cada ciertos minutos se oye el llamado de un mono, gutural y repetitivo. Le contesta un ave, más agudo y cadencioso. Los insectos acompañan; la lluvia hace las percusiones suaves; en el fondo, el arroyo que crepita contra las piedras matiza todo con uniformidad. Todo compone una melodía única y permanente, perfecta. Todos son elementos de una orquesta incomparable que la naturaleza fue conformando con una exactitud increíble.

Y como en cada gran orquesta, viene el momento del solista. Ese golpe armónico que pasa por encima de los demás, sin avisar, irrumpiendo entre la suavidad de esta pieza. Aquí, en el bosque lluvioso, el solista, el más poderoso de los músicos, es también el que lleva el atuendo más espectacular e inconfundible.

Es momento de ver actuar al súper depredador de estos lugares, el amo y señor absoluto, ya sea corriendo entre los matorrales, trepando los árboles o incluso nadando… es el señor Balam, el gran Ocelotl, Chac, Yaguareté. Es el tiempo del Jaguar.

 De manchas, colmillos y garras.Mirada de cazador

Es el felino más grande de América y el tercero en el mundo, sólo detrás del gran Tigre y el majestuoso León; aunque dicen algunos, es aún más poderoso que ambos.

Ha sido símbolo de las zonas que habita para cada cultura que ha atestiguado su presencia. Y es que no es para menos: lo que debió sentir e imaginar cada ser humano que se encontró con él en la selva, debe haber sido incomparable.

Imagina caminar por esa selva, en busca de algún animal pequeño que cazar, o recolectando madera, bayas o yerba. De repente, casi de la nada –pues tus oídos no pudieron detectar su presencia- encuentras la mirada fija de un jaguar sobre ti. Sus ojos, de un tono ámbar/verde, enmarcados perfectamente con una línea negra intensa, casi no se mueven mientras te ve. No sabes el dato exacto, pero podría pesar entre 70 y 80 kilos, quizá más. Por un momento, de pie majestuoso sobre una extensión del árbol, contemplas el metro de altura que podría tener con la cabeza erguida, y los casi dos metros que tiene de largo.

Pero esta posición dura muy poco. A él no le gusta perseguir a sus presas. No corre grandes distancias por gusto. Al contrario, es un cazador experto en la emboscada y de un cálculo casi perfecto. Comienza a contraerse sobre su vientre y hacia atrás, preparando el poderoso resorte de sus patas traseras. Baja lentamente las orejas y se prensa aún mejor del árbol aquel.

No es tan grande como un tigre, pero es mucho más hábil en estas condiciones. Si decidiera atacarte, es prácticamente imposible escapar. Puede escalar casi con la misma velocidad con la que puede correr. No existe un obstáculo selvático que te podría ayudar a retrasar su cacería. ¿Querrías buscar un arroyo, río o laguna para escapar nadando? Mala idea. El jaguar es un hábil nadador, incluso parece disfrutarlo. De hecho, se alimenta frecuentemente de cocodrilos y grandes tortugas que caza directamente en el agua.

La selva es el territorio perfecto para el jaguar y es por ello que prevaleció como el mejor de los depredadores, sin competencia, sin amenaza, sin miedo. En la selva era, sencillamente, un dios.

Los antiguos pobladores de las zonas de distribución del jaguar, lo llevaron de inmediato a sus culturas y sus relatos pictográficos como el todopoderoso del lugar. Se le pudo encontrar desde el sur de Estados Unidos y casi hasta la punta sur de Argentina, pero fue más abundante desde siempre en el sureste mexicano, Centroamérica y norte del cono sur, así como en toda la amazonia.

En culturas tan prolíficas y artísticas como la Maya, fue eje central. Se le conoció como Balam, y estuvo presente en la creación de los hombres, tanto como tuvo a su cargo la protección de ellos, una vez que la humanidad definitiva quedó asentada. Protegía los cultivos, las cosechas y la vida. Probablemente por su abundancia en todos los territorios selváticos, no fue asignado a un punto cardinal, sino a todos. Protegía a los asentamientos humanos, poblados pequeños o grandes ciudades, desde cada ángulo, por lo que se creía que cada región era custodiada por cuatro jaguares que las rodeaban.

Pero no sólo eso. Tenía una relación directa con el sol. Para algunas culturas, era el sol mismo, el Dios máximo que cruzaba los cielos durante el día y se escondía en las noches, bajo sus pies. Cruzaba el inframundo, cada noche, peleando en el Xibalbá para emerger de nuevo cada día. En este punto además, maravilla su similitud con la mitología de otro félido, el gato (Felis silvestris catus), que también debía hacer un recorrido similar, pero este lo hacía en Egipto (véase Animalia 22), es decir, son coincidencias entre dos culturas milenarias que nunca se conocieron.

De Pantheras y cazadores.

Ha habitado el continente desde hace, al menos, 2 millones de años, fecha que se extrae de los registros fósiles más antiguos hasta el momento, pero podría haberlo hecho desde el inicio del Pleistoceno, aún unos 500 mil años más atrás.Cazador y Dios

Es heredero de los grandes felinos y hasta el día de hoy, de manera casi unánime, es emparentado con el Tigre, el León y el Leopardo, como parte del Género Panthera.

Este nombre, Pantera, es comúnmente objeto de confusión, pues en algunos lugares de Estados Unidos se les llama así incluso a los Pumas –que pertenecen completamente a otro género-, mientras en el resto de América es común llamarle Pantera Negra a los ejemplares de Jaguar que presentan melanismo, es decir, nacen y se quedan completamente negros, pero que no son una especie distinta, ni siquiera una subespecie. Estos ejemplares son frecuentes y no presentan ningún problema de salud. De hecho, si se les ve de cerca, se pueden reconocer las rosetas que componen sus manchas regulares, en diferentes tonos de negro.

Sólo tiene competencia depredadora con el Puma (Puma concolor) en las zonas en las que comparten territorio, pero rara vez se ha sabido de enfrentamientos entre ambos, probablemente porque el Puma sabe lo mortal de esa competencia.

Si sus garras, sus compactas y musculosas patas o sus habilidades como cazador, son de cuidado, las fauces de un Jaguar son excepcionalmente poderosas y temibles. De acuerdo a los estudios comparativos más recientes, la mordida del jaguar podría ser más fuerte que la de los leones y tigres, aún siendo éstos más grandes.

Esta evolución podría deberse a que, mientras sus grandes primos cazaban la tierna carne de gacelas, cebras o búfalos, el jaguar ampliaba su menú y luchaba con cosas tan duras como la piel de un cocodrilo o los caparazones de tortuga.

Añadido a todo esto, el jaguar desarrolló una técnica muy inusual para la caza: atacar la cabeza de sus víctimas, atravesando al primer mordisco el cráneo de los animales, reduciendo así, al mínimo, la resistencia de éste y, por ende, la duración de la pelea.

De su peor enemigo.

Desde luego, este panorama de omnipotencia y gloria tuvo sólo un gran problema: el hombre.

A la llegada de los hombres y su perfeccionamiento de armas, trampas y métodos de captura, la población de jaguar en toda América, comenzó una debacle.

Se calcula que el jaguar puede haber perdido entre el 35 y el 50% de su territorio a nivel continental, y se discute su permanencia en países como Uruguay, Argentina y El Salvador, en donde los avistamientos se han hecho cada vez más efímeros.

El gran felino nunca desarrolló una reproducción prolífica o una socialización de manada, que le pudiera ayudar a combatir a ese depredador sapiens. De hecho, los jaguares se separan de su madre, para siempre, tras haber cumplido 1 o 2 años. Las hembras crían solas durante este tiempo a los cachorros, pues corren al macho tan pronto las crías han nacido, para protegerlas de ellos mismos.

Al crecer, cada ejemplar debe buscar su territorio y hacerlo patente con hormonas secretadas en heces y orina, así como arañazos en los árboles y un rugir inconfundible que ahuyente intrusos, cada cierto tiempo. Ni siquiera entre machos y hembras se toleran cerca. Un macho suele establecer su territorio en un área de varios kilómetros, en donde sólo comparte ciertos metros que se cruzan con dos o tres hembras alrededor.

Esta costumbre de segregación, seguramente fue otro aliciente para perder la lucha constante contra los hombres, que invadían su territorio urbanizándolo, exterminando a las otras especies que serían su alimento, o cazando a los mismos jaguares, en esa absurda búsqueda de trofeos, entres los que su piel, siempre ha sido sumamente codiciada.

Hoy en día, la noticias, aunque no en pleno consenso, parecen más positivas. Los programas de conservación del jaguar en diferentes partes del continente parecen surtir efecto sobre las poblaciones, que registran un sostenimiento o incluso ligero crecimiento a recientes fechas. En México, instituciones como la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), a través de su Instituto de Ecología, han llevado a cabo censos locales y un gran censo nacional, cubriendo las 4 zonas delimitadas de distribución de Jaguar: Zona Norte (Sonora, Sinaloa, Tamaulipas y San Luis Potosí), Zona de Occidente (Nayarit, Jalisco, Michoacán y Guerrero), Zona del Pacífico Sur (Oaxaca y Chiapas) y la Península de Yucatán (Campeche, Yucatán y Quintana Roo). La sensación general de los resultados, es medianamente positiva, pero esto no ha logrado que el antiguo dios Balam salga de la lista crítica de especies en extinción.

Sólo a través de la educación, la información y la cultura de valor a la vida, existe una esperanza para lograr que el majestuoso felino americano, siga reinando las selvas, con su belleza y poderío, como lo había hecho durante miles, o quizá millones de años.

La paz de la Selva