Jaguares. Dioses de Belleza Implacable.


Ojo de DiosCaminando en la profundidad del bosque tropical, no existe un punto de calma para tus ojos y oídos. De entre los altos árboles, de un verde intenso en las hojas y un ocre invadido de musgo en el tronco, emergen constantemente figuras, sonidos y colores que emocionan, sobresaltan y maravillan.

Cada ciertos minutos se oye el llamado de un mono, gutural y repetitivo. Le contesta un ave, más agudo y cadencioso. Los insectos acompañan; la lluvia hace las percusiones suaves; en el fondo, el arroyo que crepita contra las piedras matiza todo con uniformidad. Todo compone una melodía única y permanente, perfecta. Todos son elementos de una orquesta incomparable que la naturaleza fue conformando con una exactitud increíble.

Y como en cada gran orquesta, viene el momento del solista. Ese golpe armónico que pasa por encima de los demás, sin avisar, irrumpiendo entre la suavidad de esta pieza. Aquí, en el bosque lluvioso, el solista, el más poderoso de los músicos, es también el que lleva el atuendo más espectacular e inconfundible.

Es momento de ver actuar al súper depredador de estos lugares, el amo y señor absoluto, ya sea corriendo entre los matorrales, trepando los árboles o incluso nadando… es el señor Balam, el gran Ocelotl, Chac, Yaguareté. Es el tiempo del Jaguar.

 De manchas, colmillos y garras.Mirada de cazador

Es el felino más grande de América y el tercero en el mundo, sólo detrás del gran Tigre y el majestuoso León; aunque dicen algunos, es aún más poderoso que ambos.

Ha sido símbolo de las zonas que habita para cada cultura que ha atestiguado su presencia. Y es que no es para menos: lo que debió sentir e imaginar cada ser humano que se encontró con él en la selva, debe haber sido incomparable.

Imagina caminar por esa selva, en busca de algún animal pequeño que cazar, o recolectando madera, bayas o yerba. De repente, casi de la nada –pues tus oídos no pudieron detectar su presencia- encuentras la mirada fija de un jaguar sobre ti. Sus ojos, de un tono ámbar/verde, enmarcados perfectamente con una línea negra intensa, casi no se mueven mientras te ve. No sabes el dato exacto, pero podría pesar entre 70 y 80 kilos, quizá más. Por un momento, de pie majestuoso sobre una extensión del árbol, contemplas el metro de altura que podría tener con la cabeza erguida, y los casi dos metros que tiene de largo.

Pero esta posición dura muy poco. A él no le gusta perseguir a sus presas. No corre grandes distancias por gusto. Al contrario, es un cazador experto en la emboscada y de un cálculo casi perfecto. Comienza a contraerse sobre su vientre y hacia atrás, preparando el poderoso resorte de sus patas traseras. Baja lentamente las orejas y se prensa aún mejor del árbol aquel.

No es tan grande como un tigre, pero es mucho más hábil en estas condiciones. Si decidiera atacarte, es prácticamente imposible escapar. Puede escalar casi con la misma velocidad con la que puede correr. No existe un obstáculo selvático que te podría ayudar a retrasar su cacería. ¿Querrías buscar un arroyo, río o laguna para escapar nadando? Mala idea. El jaguar es un hábil nadador, incluso parece disfrutarlo. De hecho, se alimenta frecuentemente de cocodrilos y grandes tortugas que caza directamente en el agua.

La selva es el territorio perfecto para el jaguar y es por ello que prevaleció como el mejor de los depredadores, sin competencia, sin amenaza, sin miedo. En la selva era, sencillamente, un dios.

Los antiguos pobladores de las zonas de distribución del jaguar, lo llevaron de inmediato a sus culturas y sus relatos pictográficos como el todopoderoso del lugar. Se le pudo encontrar desde el sur de Estados Unidos y casi hasta la punta sur de Argentina, pero fue más abundante desde siempre en el sureste mexicano, Centroamérica y norte del cono sur, así como en toda la amazonia.

En culturas tan prolíficas y artísticas como la Maya, fue eje central. Se le conoció como Balam, y estuvo presente en la creación de los hombres, tanto como tuvo a su cargo la protección de ellos, una vez que la humanidad definitiva quedó asentada. Protegía los cultivos, las cosechas y la vida. Probablemente por su abundancia en todos los territorios selváticos, no fue asignado a un punto cardinal, sino a todos. Protegía a los asentamientos humanos, poblados pequeños o grandes ciudades, desde cada ángulo, por lo que se creía que cada región era custodiada por cuatro jaguares que las rodeaban.

Pero no sólo eso. Tenía una relación directa con el sol. Para algunas culturas, era el sol mismo, el Dios máximo que cruzaba los cielos durante el día y se escondía en las noches, bajo sus pies. Cruzaba el inframundo, cada noche, peleando en el Xibalbá para emerger de nuevo cada día. En este punto además, maravilla su similitud con la mitología de otro félido, el gato (Felis silvestris catus), que también debía hacer un recorrido similar, pero este lo hacía en Egipto (véase Animalia 22), es decir, son coincidencias entre dos culturas milenarias que nunca se conocieron.

De Pantheras y cazadores.

Ha habitado el continente desde hace, al menos, 2 millones de años, fecha que se extrae de los registros fósiles más antiguos hasta el momento, pero podría haberlo hecho desde el inicio del Pleistoceno, aún unos 500 mil años más atrás.Cazador y Dios

Es heredero de los grandes felinos y hasta el día de hoy, de manera casi unánime, es emparentado con el Tigre, el León y el Leopardo, como parte del Género Panthera.

Este nombre, Pantera, es comúnmente objeto de confusión, pues en algunos lugares de Estados Unidos se les llama así incluso a los Pumas –que pertenecen completamente a otro género-, mientras en el resto de América es común llamarle Pantera Negra a los ejemplares de Jaguar que presentan melanismo, es decir, nacen y se quedan completamente negros, pero que no son una especie distinta, ni siquiera una subespecie. Estos ejemplares son frecuentes y no presentan ningún problema de salud. De hecho, si se les ve de cerca, se pueden reconocer las rosetas que componen sus manchas regulares, en diferentes tonos de negro.

Sólo tiene competencia depredadora con el Puma (Puma concolor) en las zonas en las que comparten territorio, pero rara vez se ha sabido de enfrentamientos entre ambos, probablemente porque el Puma sabe lo mortal de esa competencia.

Si sus garras, sus compactas y musculosas patas o sus habilidades como cazador, son de cuidado, las fauces de un Jaguar son excepcionalmente poderosas y temibles. De acuerdo a los estudios comparativos más recientes, la mordida del jaguar podría ser más fuerte que la de los leones y tigres, aún siendo éstos más grandes.

Esta evolución podría deberse a que, mientras sus grandes primos cazaban la tierna carne de gacelas, cebras o búfalos, el jaguar ampliaba su menú y luchaba con cosas tan duras como la piel de un cocodrilo o los caparazones de tortuga.

Añadido a todo esto, el jaguar desarrolló una técnica muy inusual para la caza: atacar la cabeza de sus víctimas, atravesando al primer mordisco el cráneo de los animales, reduciendo así, al mínimo, la resistencia de éste y, por ende, la duración de la pelea.

De su peor enemigo.

Desde luego, este panorama de omnipotencia y gloria tuvo sólo un gran problema: el hombre.

A la llegada de los hombres y su perfeccionamiento de armas, trampas y métodos de captura, la población de jaguar en toda América, comenzó una debacle.

Se calcula que el jaguar puede haber perdido entre el 35 y el 50% de su territorio a nivel continental, y se discute su permanencia en países como Uruguay, Argentina y El Salvador, en donde los avistamientos se han hecho cada vez más efímeros.

El gran felino nunca desarrolló una reproducción prolífica o una socialización de manada, que le pudiera ayudar a combatir a ese depredador sapiens. De hecho, los jaguares se separan de su madre, para siempre, tras haber cumplido 1 o 2 años. Las hembras crían solas durante este tiempo a los cachorros, pues corren al macho tan pronto las crías han nacido, para protegerlas de ellos mismos.

Al crecer, cada ejemplar debe buscar su territorio y hacerlo patente con hormonas secretadas en heces y orina, así como arañazos en los árboles y un rugir inconfundible que ahuyente intrusos, cada cierto tiempo. Ni siquiera entre machos y hembras se toleran cerca. Un macho suele establecer su territorio en un área de varios kilómetros, en donde sólo comparte ciertos metros que se cruzan con dos o tres hembras alrededor.

Esta costumbre de segregación, seguramente fue otro aliciente para perder la lucha constante contra los hombres, que invadían su territorio urbanizándolo, exterminando a las otras especies que serían su alimento, o cazando a los mismos jaguares, en esa absurda búsqueda de trofeos, entres los que su piel, siempre ha sido sumamente codiciada.

Hoy en día, la noticias, aunque no en pleno consenso, parecen más positivas. Los programas de conservación del jaguar en diferentes partes del continente parecen surtir efecto sobre las poblaciones, que registran un sostenimiento o incluso ligero crecimiento a recientes fechas. En México, instituciones como la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), a través de su Instituto de Ecología, han llevado a cabo censos locales y un gran censo nacional, cubriendo las 4 zonas delimitadas de distribución de Jaguar: Zona Norte (Sonora, Sinaloa, Tamaulipas y San Luis Potosí), Zona de Occidente (Nayarit, Jalisco, Michoacán y Guerrero), Zona del Pacífico Sur (Oaxaca y Chiapas) y la Península de Yucatán (Campeche, Yucatán y Quintana Roo). La sensación general de los resultados, es medianamente positiva, pero esto no ha logrado que el antiguo dios Balam salga de la lista crítica de especies en extinción.

Sólo a través de la educación, la información y la cultura de valor a la vida, existe una esperanza para lograr que el majestuoso felino americano, siga reinando las selvas, con su belleza y poderío, como lo había hecho durante miles, o quizá millones de años.

La paz de la Selva

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